Por Alberto Curiel
Octubre, 2024.
TEXTO:
Suena un tanto macabro. Y difícil de asimilar. La gran mayoría de nosotros se ubica dentro de los mansos, bienaventurados - según los escritos sagrados -, porque nuestro “será el reino de los cielos”.
Sin embargo, una mirada menos ingenua, que no tenga en cuenta solo las apariencias, que penetre con más agudeza la realidad y tenga en cuenta las adquisiciones aportadas por la perspectiva de género, hace evidente que en la convivencia, los hombres manejamos los hilos del poder en las relaciones familiares, de pareja, íntimas. Ya que ese poder no se reparte en forma equilibrada, hay beneficiados y dañados por su ejercicio. El poder no se tiene, decía Michel Foucault; se ejerce; y por tanto puede circular, pero los varones manejamos el volante, todavía, en casi todos los ámbitos sociales. Se expresa menos en la fuerza bruta que antes, porque ha habido un trabajo social por parte de los movimientos de mujeres; porque la academia, el mundo del arte, del cine, de la literatura, han ido integrando otras visiones más igualitarias; han hecho y lo siguen haciendo, su trabajo crítico. Pero en todas las áreas de la sociedad se manifiestan los cordones invisibles que siguen sujetando a las mujeres, en especial en la vida privada, y que operan también en lo público, en los espacios políticos, en la dirección de empresas y gremios, de sectores de derechas y de izquierdas, aunque figuren aspiraciones más democráticas en sus reglas de funcionamiento.
Ya el terapeuta Luis Bonino aportó a mediados de los 90s su trabajo sobre los micromachismos, como comportamientos de violencia invisible en el seno de la pareja. Esas conductas que “transpiramos” sin intención, incluso los “mansos”, incluyen formas diferentes de disciplinamiento hacia las mujeres, de control, de limitaciones impuestas a la vida de nuestras parejas o de quienes lo fueron, y configuran violencia, porque devalúan a las mujeres, les quitan la libertad de decisión, nos mantienen en una posición superior.
Es bueno destacar que ese conjunto de pautas y reglas que imponen los varones en lo doméstico, se articulan como una trama que sujeta a las mujeres. Se trata, no de unas actitudes puntuales sino de todo un dispositivo que inferioriza y debilita a la otra.
Sin embargo, debemos cambiar de observatorio conceptual. Si hacemos como Copérnico, que descubrió que la Tierra no era el centro del universo y pudo mirarse a sí mismo desde fuera, vamos a encontrar que a los hombres, esa ubicación dentro del sistema también nos perjudica, y que debemos sacudirnos o ir erosionando poco a poco ese “pasajero oscuro” que vulnera la libertad y el desarrollo autónomo de las mujeres que caminan con nosotros en la vida.
La revolución copernicana consistió en pensar al mundo como sistema y a nuestro planeta como uno de tantos que tienen su propio movimiento. Si nos pensamos en esa clave descentrada, alejando la mirada, veremos que formamos parte de una estructura a la que podemos llamar patriarcal; al mismo tiempo nos beneficiamos de ella, porque tenemos los lugares dominantes, y ella nos abruma, porque cargamos con tareas y funciones que nos quitan humanidad, con mandatos sociales que nos dejan solos, que nos brutalizan, que nos hacen menos humanos. Pensemos en el ejercicio de la paternidad, en la torpeza en el manejo de los afectos, en el deber constante de proteger y sostener a los y las demás, en el imperativo de ser siempre valientes y rendir sexualmente, en el silencio de los varones, en los suicidios y accidentes de tránsito que protagonizamos ante todo los hombres, en los homicidios, los ocupantes de las cárceles, etc.
El control coercitivo, que intentamos describir en la píldora nueve, la anterior, nos asegura el mando, ¡pero a qué precio! Pensar en un universo de hombres justos, de igualdad de géneros, en que los hombres dejáramos de divinizar la racionalidad pura y pudiéramos compartir con amigos o amigas nuestros fracasos, nuestros tropiezos, sin sentirnos menoscabados en la virilidad por eso, es imaginar algo que debería dejar de ser un ideal y volverse programa de acción. Ventilar estos temas, dialogar con otros varones sobre nuestro lugar social, sobre el modelo en que estamos inmersos, sobre la educación que nos dan nuestros padres y maestros, sobre la forma en que solemos resolver nuestros conflictos, sobre los prejuicios de género en la ideología de los jueces y las figuras de referencia, es hacer algo que no puede esperar más. Cuando en Varones por la Igualdad tenemos algunas preciosas oportunidades de charlar con la gente, donde surgen verdades descarnadas, donde tenemos acceso a ese “pasajero oscuro”, donde las palabras dejan de ser vacías y se muestran plenas de realidad interior, sentimos que estamos produciendo cambios, cambios comunitarios, cambios en nosotros mismos, que nos pensamos como “machistas en reforma”, y en los y las demás, portadores todavía de esa red de violencias que aprisiona a la mujer pero que también deshumaniza al hombre.
Por Alberto Curiel
Octubre, 2024.
TEXTO:
1. Un hombre emite un chistido en una numerosa reunión familiar en que su esposa ha tomado la palabra para contar una anécdota graciosa sobre una vecina. La mujer se calla inmediatamente y él continúa haciendo el relato. Los familiares casi no dan relevancia al gesto del marido.
2. La madre de un compañero de escuela de mi hijo - hace años -, me confía que hace meses que no sale sola de su casa, ya que su marido hace él mismo todas las compras para evitarle cualquiera de los riesgos que hay en la ciudad. “¿Para qué salir si tenés una casa preciosa y no te falta nada?” La última vez que se aventuró al centro, se puso a llorar desconsoladamente, sintiéndose perdida, desamparada y confundida ante los sonidos de los coches y la gente transitando por 18 de Julio.
3. Una profesora de secundaria, en la sesión con su psicólogo, relata que su marido deja de hablarle durante días enteros, incluso en presencia de amigos de ambos, esquivando su mirada o burlándose al compartir con otros, alguna anécdota que deja mal parada a su mujer.
Si estas conductas de quien pega el chistido, confina a su mujer o le niega la palabra, configuran un patrón de comportamiento que monitorea a la pareja o ex-pareja, ejerce un dominio sobre ella, la disminuye o le genera temor, estamos ante lo que se llama control coercitivo.
La autora Liz Kelly, en su libro “Sobreviviendo a la violencia sexual”, de 1988, afirma que esas violencias configuran un sistema, una especie de continuo, que abarca la violencia física pero también una red o un tejido de otros tipos de violencias, que pueden ir desde la burla, la inferiorización, la ironía que desvaloriza a la mujer, el control de sus gastos, de su aspecto o vestimenta, etc. Al asociar todos estos tipos de violencias, se puede afirmar que todas surgen de una relación asimétrica de poder, que se perpetúa sin necesidad, la mayoría de las veces, de recurrir a golpes o dejar moretones en la piel.
El control coercitivo apunta a hacer que una pareja o ex-pareja sea dependiente y subordinada, restringiendo su libertad o directamente privándola de su LIBERTAD de desear, pensar, opinar, decidir y /o actuar, limitando así su desarrollo personal. Y esta persuasión sistemática, ejercida como poder, una vez detectada en relaciones familiares o domésticas, configura delito en algunos países como el Reino Unido, desde 2015. Para traspasar el límite y convertirse en ilegal, el control coercitivo debe hacer temer a alguien que se utilizará la violencia en su contra al menos en dos ocasiones; o causarle una alarma o angustia grave que tenga un efecto adverso sustancial en sus actividades cotidianas habituales.
En una ronda de conversación entre gente preocupada por el tema, se hace notar que hay construcciones conceptuales como ésta que demoran años en integrarse tanto en la academia como en los movimientos sociales. Detenerse sobre la idea y apropiársela es un importante paso adelante en la comprensión del sufrimiento de muchas víctimas y en la vulneración de sus derechos. Este ejercicio del poder sobre una persona, atenta contra su libertad, contra su capacidad de decidir sobre su vida, sus amistades, su forma de vestirse, y contribuye a su aislamiento, su pérdida de dignidad como persona, encerrándola progresivamente en una jaula de barrotes invisibles; a menos que se haga conciencia sobre la existencia de este artefacto hecho de reglas y prohibiciones; a menos que nos saquemos la venda de los ojos y miremos de frente la gravedad del problema y el sufrimiento que produce.
Una psicóloga especializada en mujeres víctimas de violencia, se queja al darse cuenta que durante años se le han escapado las señales, los síntomas de esa violencia, en el discurso de algunas pacientes. Una joven abogada admite que el carácter inasible y no tipificado como delito de algunos de estos comportamientos, hace muy difícil que sean esgrimidos como argumentos contra alguien en una denuncia policial o judicial. Lo más probable es que se les quite trascendencia (“Vuelva a su casa, señora, y trate de arreglar las cosas con su pareja”).
Hay que hilar fino, porque la sutileza del cerco que va encerrando a las víctimas, lo hace muchas veces imperceptible.
Hay una polémica entre estadísticos que dura ya casi 50 años, buscando cuantificar los montos de violencia en la vida íntima. Murray Straus y sus investigadores, desde 1975, han afirmado a través de encuestas, que hay entre hombres y mujeres una simetría de la violencia de género. Michael Johnson, desde 1995 ha confrontado con esta posición, afirmando que son los varones casi siempre los agentes de la violencia. Y a pesar de que ambos están de acuerdo en que son los hombres los que generan más daño (depresiones, dificultades en el trabajo, hospitalización, toma de medicamentos) el primero dice que los actos violentos son igualmente protagonizados por ambos sexos, mientras el segundo sostiene que las víctimas son casi siempre mujeres y los hombres son los perpetradores en una mayoría abrumadora de casos.
Lo interesante, y decisivo para el debate, es que ambos manejan ideas diferentes de violencia, con Straus categorizando episodios de violencia física, golpes, maltrato corporal, mientras Johnson no se limita a las situaciones de conflicto, esas que tienen una salida posible. Es importante esta distinción, porque si las preguntas se formulan sobre desacuerdos y reacciones: “¿Usted gritó?¿Usted lo/la golpeó?” no se detectan los días de silencio, los desprecios, las exigencias en el vestido o en el control de las redes sociales de la otra persona. Se comparan violencias diferentes.
Como sucede siempre con lo desconocido que va dejando de serlo, nos invade una cierta perplejidad. ¿Cómo acusar a alguien porque es malhumorado o se niega a intercambiar con su pareja sobre los problemas? ¿Qué clase de responsabilidad penal puede haber en un chistido o una interrupción? ¿Por qué llevar a lo público o pretender sancionar penalmente a alguien que anota sistemáticamente los gastos de la otra persona y le impone criterios en el uso del dinero? Comprender que hay allí una trama que aprisiona al otro; dramatizar el asunto en lugar de quitarle importancia, es esencial. Porque está en juego lo que decía ya Stark en 2009: “Hace falta tener un concepto afirmativo de la libertad para comprender las violaciones de derechos humanos infligida por el control coercitivo “
En el conversatorio que mencioné se observaba que hay que cambiar el punto de vista: poner el foco en el comportamiento de relación de los hombres y no solo en el de las víctimas. Un sociólogo que trabaja hace años con hombres acusados de acoso, enviados por el poder judicial, contaba la sorpresa de uno de los entrevistados al escuchar que tal o cual actitud suya era violenta. Hacer entender a los controladores que esos pequeños actos y esas sutiles reglas forman parte de una malla de violencia, también es tarea de nuestro colectivo de Varones por la Igualdad.
Por Alberto Curiel
Octubre, 2024.
TEXTO:
En el siglo XIX el positivista francés Auguste Comte y su amigo y discípulo Stuart Mill, fueron testigos de las primeras movilizaciones de las sufragistas, que pelearon contra muchas desigualdades sociales además de reivindicar el voto universal. Este movimiento alimentó especialmente el debate entre ambos pensadores. Medio siglo antes habían tenido lugar los reclamos de Olympia de Gouges, con sus propuestas registradas en los Derechos de la mujer y de la ciudadana, durante los tiempos de la Revolución Francesa, y de Mary Wolstoncraft, autora de una Vindicación de los derechos de la mujer. Ambas se rebelaron contra la exclusión de las mujeres de los objetivos del movimiento revolucionario.
AUGUSTE COMTE (1798-1857) negará el conflicto mismo declarado por el movimiento de mujeres. Ellas, dirá, no están excluidas de los derechos, ya que por su propia naturaleza, sus funciones en la sociedad no se encuentran con las de los hombres, sino que son complementarias. El feminismo, así, configura una desviación, una especie de contradicción en sus propios términos, un camino absurdo e inconducente.
El “sexo afectivo” femenino y la “racionalidad” de los hombres serían la naturaleza de cada uno de esos grupos; en el caso femenino, estaríamos ante una condición inferior en fuerza y racionalidad, pero superior en sociabilidad, en lo ético y en lo emocional. La función doméstica no se realiza por exclusión o por una carencia sino porque “rinde” en su excelencia en el pequeño espacio familiar y la mujer, en el ámbito público, se encontraría fuera de su lugar natural.
La naturaleza es destino. Apartar a las mujeres de esa función familiar o abrirles el camino a otras, sería suicida para la sociedad, que se mantiene estable mientras cada grupo se ajuste a esa naturaleza y a los roles que mejor desempeña. De esa forma se mantiene el equilibrio social y la organización no colapsa.
La mujer queda excluida del orden productivo y detenta, de algún modo, el poder espiritual.
Esos son, en resumen, los argumentos de Comte en la polémica con Mill.
STUART MILL (1806-1873) dirá que el carácter femenino y la posición social de las mujeres son resultados un poco de la herencia y otro poco de la construcción social, producto de represiones de algunas tendencias y estímulos de otras. Esa lucha de las sufragistas, denostada por Comte, la explica diciendo que si fuese natural la función de la mujer en la dimensión familiar, no habría que forzarlas a la reclusión doméstica. Lo natural no requiere de coerción para su cumplimiento. Ironizando, Stuart Mill va a decir que la orientación natural nunca necesitó de tanta ayuda social (y policial) para realizarse.
CARLOS MARX y FEDERICO ENGELS aceptan la situación subordinada y de explotación de las mujeres como producto de la propiedad privada y de su exclusión de la esfera productiva, pero terminarán de todos modos invisibilizando o postergando ese conflicto, ya que lo resuelven en su teoría como un antagonismo que en última instancia se resolverá con el cambio social, con el advenimiento del socialismo. Lo que ellos llaman “cuestión femenina” no será nunca “la cuestión feminista”, ya que todos los énfasis y las fuerzas deben enfocarse hacia el nudo mayor: el cambio de modo de producción y la apropiación social de los medios productivos, causas profundas del sometimiento de las mujeres. Esto configura un reduccionismo de la cuestión femenina al problema de la lucha de clases. Todavía hay marxistas vulgares que hoy siguen habitando ese reduccionismo.
LA PERSPECTIVA DE GÉNERO HARÁ VISIBLE EL CONFLICTO, ese que fue ocultado por las posturas esencialistas y naturalistas. El rechazo a reconocer el problema de la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres fue lo que mantuvo a la sociología de la academia, hasta los años 60 del siglo XX, lejos de los asuntos del género. Es la incorporación de las mujeres a la comunidad científica sociológica y también como objetos de estudio de la historia, de la antropología y de la sociología misma, la que permitirá ver a una nueva luz la dimensión sexo-genérica. Este movimiento en lo académico, claro está, fue acicateado por la llamada segunda ola del feminismo, en la segunda mitad del siglo XX.
Es interesante señalar que así como las clases sociales determinan jerarquías, también los géneros crean desigualdad y privilegios. No son las diferencias sexuales por sí mismas, dicen algunos teóricos con fineza intelectual, las que producen diferencias de poder, sino los géneros construidos sobre esas diferencias. Porque esas distintas anatomías de hombres y mujeres no tienen por qué ser la base de categorías sociales o sometimientos. Son las diferencias creadas por el género las que han ido reforzando las posiciones sociales. ¿Por qué, preguntan algunos, no podrían haber sido entre la gente grande y la pequeña o entre quienes tienen ojos claros y los que han nacido con ojos oscuros?
Erwin Goffman señala cómo la organización social exacerba las diferencias entre los sexos en detrimento de sus parecidos. Este autor da varios ejemplos de la vida social, como el de los baños, afirmando que, finalmente, del punto de vista fisiológico, no hay razón para separar a hombres y mujeres, pero que se trata de una forma de reafirmar sus diferencias en tanto género.
Estas identidades sexuadas no son fijadas de una vez y para siempre ni son el producto social de la naturaleza: se trata de categorías que cambian, que son reafirmadas continuamente y que se negocian a lo largo de la vida. La sociología debe dar cuenta de la manera en que los actores sociales y las instituciones aceptan o rechazan estas categorías sobre las diferencias que modelan la vida cotidiana.
Actualmente, si bien hay resistencias institucionales y políticas hacia los estudios de género en la sociología y otras ciencias, esos enfoques se van institucionalizando y aceptando en el mundo académico. Es bueno retener que pensar el género significa comprender, interpretar y también cambiar el mundo.
Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.
TEXTO:
Espero que hayan tomado ya las píldoras cinco y seis de nuestro “Nada del varón nos es ajeno”. Se pueden incorporar fácilmente en la página de Varones por la Igualdad.
La cinco describe los cambios propuestos por el enfoque feminista de la ciencia, una visión crítica que llama la atención sobre la ausencia de la mujer tanto en el equipo científico como en tanto objeto de estudio. Utiliza el ejemplo de la fecundación explicada a niños y adolescentes, otorgando al espermatozoide un papel dinámico y al óvulo el de una pasividad expectante. Es un caso de actividad y pasividad, que va a repetirse en la comprensión de los vínculos, del amor, de la concepción genérica binaria que nos ha atravesado.
La píldora seis relata brevemente los avatares de la entrada conflictiva de la mujer en la disciplina histórica. Ésta excluía a las historiadoras mujeres y borraba a media humanidad del protagonismo de la aventura humana. Se producía así una mirada limitada a la narración de conquistas, devenires de la economía y vidas de grandes líderes.
Hoy abordaremos el tema de la Antropología, donde los estudios de género crearon también un considerable desorden, destructivo y fecundo a la vez.
La antropología de campo inicia sus pasos en el siglo XIX y se orienta, con una mirada enteramente colonial, a entender a estos “otros” que aparecen como eslabones entre los simios y los europeos. Justifica la dominación, analiza costumbres desde los valores del eje civilización-salvajismo; es, en el mejor de los casos, paternalista, tratando de entender a estos seres primitivos, que, para el ojo del colonizador, deben ser elevados a su nivel cultural.
A mediados del siglo XIX se produce un salto hacia una antropología más científica, que busca describir distintos tipos de organizaciones sociales que los hombres se han dado para su existencia. La reflexión va a centrarse en los elementos diferenciales y sobre todo, en los que aparecen como invariantes de la “raza humana”. Con el fin de encontrar estos rasgos comunes se estudian la familia, los lazos de parentesco, mitología, rituales, creencias y objetos producidos por la cultura de cada comunidad, lo que exige la inmersión en ella del profesional que la observa y busca entenderla. Para entender a un pueblo es necesario convivir con él, aprender su idioma, experimentar sus hábitos y valores.
Uno de los más sobresalientes antropólogos que trabajó a principios del siglo XX, Bronislaw Malinowski, estableció el trabajo de campo como una condición necesaria para la comprensión de los grupos humanos. Subrayemos que una de sus definiciones de “Antropología” fue: “el estudio del hombre que abraza a una mujer”. En las teorías de parentesco y de matrimonio resultaba imposible dejar de lado a las mujeres, pero ellas aparecían en sus estudios de comunidades, siempre como hijas, hermanas o esposas de uno o incluso varios hombres, como meros objetos de intercambio entre ellos.
Margaret Mead (Estados Unidos, 1901-1978) fue de las primeras mujeres en abrirse paso en una comunidad de antropólogos dominada por los hombres. De personalidad y vitalidad imponentes, ingresó en el estudio de la vida familiar, de la sexualidad, de la interrelación entre hombres y mujeres, en la división del trabajo entre los sexos. La importancia de su trabajo reside en que demostró que no existe correspondencia natural estricta entre sexo y género y que lo hizo en una época en que la Antropología daba por obvia esta correlación (“Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas”, 1935). Demostró a través del estudio de esas sociedades, que los comportamientos no eran determinados por lo biológico sino más bien moldeados por la educación.
Si bien la Mead contribuyó a poner en primer plano a las mujeres y a la construcción social de los comportamientos sexuados, la noción de género y la crítica feminista aparecerán en los años 60s y 70s. Será la antropóloga norteamericana Gayle Rubin quien indague sobre los mecanismos histórico-sociales por los cuales el género y la heterosexualidad obligatoria son producidos y las mujeres relegadas a una posición secundaria en las relaciones humanas. Lo hará en su libro sobre “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, publicado en inglés en 1975. Rubin interviene en el debate e investigaciones sobre la posible existencia de sociedades matriarcales previas al sistema patriarcal, concluyendo que esa búsqueda está orientada por una visión androcéntrica que intenta demostrar que hubo ordenamientos del poder similares y contrarios al patriarcal. Los antropólogos consideraron fracasado ese sistema de dominación por parte de las mujeres, presentando como triunfante y progresivo el sistema patriarcal que surgió después. Para Rubin lo que realmente hubo fueron algunos sistemas matrilineares de parentesco, que no configuraron casos de sujeción del varón.
Sally Linton se cuenta entre las antropólogas que en la década de los 70 se dedicaron a dotar a la disciplina de una perspectiva crítica de género. Escribió un trabajo emblemático titulado “La mujer recolectora: prejuicios masculinos en antropología.” (1975), como contrapunto al concepto del “hombre cazador”. Valorizó muchos de los saberes necesarios para esa función de las mujeres en la recolección, y desmontó la idea de que los avances de la evolución humana surgieron de la asociación de los varones para cazar animales. La actividad de la caza de grandes mamíferos -sugerían los antropólogos más reconocidos -, habría producido el desarrollo de una serie de habilidades físicas, como la atención enfocada o la visión espacial, cambios morfológicos como el bipedismo o el desarrollo del tamaño cerebral, e innovaciones tecnológicas y sociales como la fabricación de herramientas o la creación del lenguaje. La noción de unos hombres productivos que hacen avanzar a la humanidad, mientras las mujeres permanecen con sus hijos esperando el alimento, se parece demasiado al papel que ocupan el espermatozoide y el óvulo en la explicación que relatamos sobre la fecundación, con una entidad masculina dinámica y una femenina enteramente pasiva.
Así surge lo que ya se puede denominar Antropología feminista, que en estos años se ocupó de responder a la pregunta de por qué existe la opresión de las mujeres, dando por sentado que esta opresión es universal, pero sin apelar a explicaciones esencialistas, no históricas, basadas en la biología.
La crítica feminista de la antropología tradicional se centró en el posicionamiento del investigador, en la opción por referentes e informantes varones, en la elección de los temas a investigar, en la producción de los materiales, y también en la interpretación de los datos, criticando los supuestos teóricos de la disciplina, impregnados de androcentrismo. La antropología feminista permite una comprensión más completa del mundo humano.
Esta crítica fue a su vez evolucionando, eludiendo el riesgo de reducir a las mujeres a una sola categoría. Poco tiene que ver una mujer palestina o una perteneciente a un pueblo de nómades de Mali, con una mujer uruguaya o inglesa, y lo mismo sucede con la existencia de una profesional en una gran urbe y la de una empleada doméstica filipina en Europa, sin recursos económicos y con preocupaciones absolutamente distintas. Lo común a ellas, sin embargo, es que aparecen sometidas a circunstancias que las hunden en un estatus inferior al de los varones de su sociedad que pertenecen a la misma capa social que aquéllas.
El feminismo, como expresión política y crítica de las voces tantas veces ignoradas de las mujeres, debe exigir a esta disciplina que no olvide que cualquier análisis de una sociedad debe tener en cuenta las relaciones de género como relaciones de poder presentes en cualquier tipo de organización humana, al tiempo que la Antropología ha de mostrar cuáles son las variaciones culturales en las que se concreta el fenómeno universal del sistema patriarcal, sus peculiaridades y su distribución del poder.
Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.
Prometí ingresar en el tema de la revolución que produjo en algunas disciplinas la perspectiva de género, y veremos algunos aspectos de esa transformación en el campo de la Historia.
El título de este breve artículo significa, por un lado, que en un momento del siglo XX hubo una irrupción cada vez mayor de historiadoras mujeres, de profesoras, de profesionales, de investigadoras en el campo de la disciplina y de las ciencias auxiliares de la historia, como la antropología o la arqueología; también quiere decir que el foco de las historiadoras comenzó a orientarse hacia la mujer y su existencia en las diferentes formaciones sociales y comunidades estudiadas, abriendo la puerta también en las ciencias históricas, a pensar más allá de la binaridad.
Michelle Perrot, que colaboraba con Michel Foucault y que dirigió la publicación de La historia de las mujeres en Occidente, junto con Georges Duby, afirmaba que la historia es un oficio de hombres, y los campos en que se ha extendido son, por tanto, los de la acción, las guerras y las conquistas de territorios, atendiendo a los líderes de la guerra y a las clases altas, y descuidando la vida de los pobres y de las mujeres.
¿A qué fuentes acudir para estudiar esta historia escondida? Si para la historia tradicional se recurre a documentos oficiales, diplomáticos o administrativos, elaborados sobre todo por varones, por otra parte “son insuficientes los escritos femeninos y muy específicos: libros de cocina, manuales de educación, cuentos recreativos o morales, constituyen la mayor parte”.
Hay así un primer tiempo en que se trata de desenterrar experiencias ocultas, abolidas y desvalorizadas, para descubrir las huellas de la vida de la mitad de la humanidad, ausentes de los libros respetables de los historiadores. Pero en un segundo momento, el foco se vuelve hacia una historia relacional, que trata de responder a la cuestión de los distintos roles que hombres y mujeres desempeñaban en cada época. Empieza a cuestionarse el lugar de cada uno de los géneros en los distintos períodos históricos y sectores sociales, abordando también las relaciones de poder entre hombres y mujeres, nexos hasta ese momento considerados naturales y no sujetos a historicidad.
Hubo una reacción de la comunidad de historiadores, enfática y paternalista, enviando la historia de las mujeres a un lugar separado de la historia consagrada. “Si las mujeres tienen su propia historia, muy bien, que se den el gusto de investigarla y narrarla.” Joan Scott dirá con ironía que « se podía entender la historia de las mujeres como concerniente al sexo, a la familia, a las tareas menos importantes protagonizadas por sujetos secundarios, separados de la verdadera historia, la historia política y económica.” Esta idea se expresa en la afirmación de un historiador de que “mi comprensión de la Revolución Francesa no va a cambiar un ápice si se incorpora a ese proceso la historia de las mujeres”. Sin embargo, cuando se empiezan a descubrir las huelgas e insurrecciones de las mujeres y su función en los clubes de los rebeldes o en la toma de Versalles y su traslado en andas del rey para obligarlo a volver a París, se descubre que aquí, el concepto de género como instrumento de análisis histórico, lo cambia todo.
Esta forma relacional de la historia y la aplicación de una visión de género, revoluciona todas las categorías habituales. Hace muy poco, en una charla convocada por Varones por la Igualdad, Alma Espino, docente y economista, cuestionaba toda la teoría del valor, al incorporar el trabajo no remunerado de la mujer en la producción, considerando a las mujeres como agentes económicos.
Incluso, en el caso de Silvia Federici, en su “Calibán y la bruja”, queda clarísimo que es necesaria una nueva periodización de la historia, a la luz d ela violencia brutal y extendida contra las brujas en los siglos XVI y XVII, que hacen de todo punto de vista imposible ubicar a las mujeres en esa época, dentro de una etapa llamada Renacimiento. ¿Renacimiento de qué para miles de mujeres a las que se expropió el saber y se cambió de cuajo su rol, quemándolas o enclaustrándolas en prisiones familiares o prostíbulos?
Diciéndolo en modo gastronómico: al principio, las criaturas femeninas entraban poco y nada en el menú, cuyo plato central eran la política, las guerras y la economía. Después, con el fin de digerirlas sin molestias, se las admitió como un platillo extra, un caldito al lado del plato fuerte. Pero finalmente, se transformaron en las especias y la sal que cambiaron el gusto a toda la comida.
Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.
RESUMEN.
La crítica feminista de las distintas ciencias, ha mostrado que tanto en las comunidades científicas mismas como en el proceso investigativo, se ha escamoteado a las mujeres sistemáticamente. No se trata solo de rescatar nombres y aportes de grandes mujeres en la historia de las ciencias sociales y naturales, sino también de operar una transformación en los resultados del conocimiento creado.
Un ejemplo asombroso es el de la explicación del proceso de la fecundación que, como lo describieron cientos de libros de educación sexual desde el siglo pasado, era operado por el espermatozoide más ágil y “valiente” que, antes que otros millones, llegaba a un óvulo expectante y pasivo, como Alí Babá a la cueva del tesoro. Los descubrimientos de la biología muestran, en cambio, un proceso de sinergia donde ambas células colaboran de distinta forma para generar el cigoto.
Seguiremos viendo en otras disciplinas las transformaciones que ha operado el nuevo enfoque crítico de género.
TEXTO.
En este artículo breve voy a afirmar que, así como la categoría de género permite analizar todas las áreas de la vida y ver en ellas con más profundidad la estructura de las cosas y de las sociedades, también en la esfera del conocimiento, de la ciencia, de la historia, de la antropología y aún de las ciencias naturales, escamotear el género también contribuye a deformar el conocimiento como resultado. Diciéndolo en forma positiva, el surgimiento en el siglo XX de las cátedras de género en distintas universidades, ha incorporado a la mujer tanto en el equipo de investigadores como en tanto objeto de estudio, y lo ha hecho en la historia, la antropología, la economía, y la propia biología, aunque cueste creerlo.
Si dividimos la ciencia en resultados (teorías) y procesos (construcción de esas teorías), y miramos esas realidades con perspectiva de género, veremos por ejemplo que las mujeres han sido durante toda la historia excluidas de ambos. El desafío de una epistemología crítica en cuanto al género, es incorporar a las mujeres tanto como recursos científicos para llegar a esos resultados, como a la visión femenina con sus sesgos en las características del conocimiento logrado. Eliminar a las mujeres del ámbito científico o desvalorizar sus aportes, es una pérdida para las mujeres pero también para el conocimiento científico mismo, ya que lo empobrece, lo universaliza ilegítimamente y lo deforma. No solo ellas han quedado fuera de la comunidad científica o han sido relegadas a funciones secundarias, sino también las masculinidades racializadas o subalternas, que se han considerado desviadas o insuficientemente humanas como para producir un conocimiento válido y legítimo.
No alcanza, para reparar estas limitaciones del conocimiento científico, con desempolvar de rincones de la historia las biografías o aportes de algunas mujeres excepcionales como Hipatia en la filosofía o Marie Curie en la química, sino que es necesario revolucionar el conocimiento mismo, incorporando como sujetos investigadores y como centros válidos de la mirada científica, a las mujeres y las minorías de género.
UN EJEMPLO IMPACTANTE EN LA BIOLOGÍA.

Aquí me voy a detener en una explicación tradicional sobre el proceso de la fecundación. Desde 1975 existe el libro “¿De dónde venimos?”, aparentemente la primera publicación divulgativa en España del proceso de reproducción, dirigida a los niños. En él se habla del “esperma romántico”, el ganador de una carrera contra millones y millones de “compañeros espermatozoides”, que pugnaban por llegar a un óvulo expectante y sin otra función que dar hospitalidad al ágil espermatozoide triunfante.
La crítica de género modificó y ajustó esta explicación, que se ha replicado en la enseñanza de este complejo proceso, tanto en la enseñanza Primaria como en la Secundaria, y que ha moldeado nuestras cabezas, haciéndonos considerar, por un lado, que es la velocidad del espermatozoide lo que le permite “llegar primero” a un óvulo puramente pasivo, como si se tratara de llegar antes que los demás al “tesoro” que espera en la (oscura) cueva. En realidad, esta célula reproductora masculina que se forma en el testículo, debe tener una buena motilidad (la capacidad de nadar), pero ella no es suficiente para asegurar un correcto desarrollo embrionario. La integridad del genoma, la morfología y otras características, contribuyen a su capacidad de fecundar correctamente un óvulo. Además, el óvulo no espera pasivamente: se ha demostrado cómo los estrógenos secretados por el aparado reproductivo femenino ayudan a los espermatozoides en el camino hacia las trompas, evidenciando que la fecundación es un proceso en el cual la sinergia entre los dos actores principales, óvulo y espermatozoide, juega un papel fundamental.
Vemos así de qué forma las metáforas utilizadas en la explicación científica de los procesos, aún en ciencias básicas como la biología, son elaboradas a partir de convicciones ideológicas, en este caso acentuadamente machistas, que reafirman mitos de género patriarcales.
En próximas píldoras me voy a extender en la incidencia que ha tenido la epistemología feminista en el enfoque de otras ciencias, sociales y naturales, que se han visto revolucionadas por estos nuevos abordajes.
Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.
RESUMEN.
Al formarnos como grupo, partimos de la actitud de hacerlo por ellas, por las mujeres, a las que estábamos maltratando y hasta matando. Después hicimos un giro, como Copérnico, y comenzamos a mirarnos hacia dentro, descubriendo que éramos un género con privilegios pero también con grandes dificultades. Defendernos a los golpes en la niñez o sufrir los embates de los bravucones, la soledad de la adolescencia y las mentiras para tener una buena imagen como seductores, la competencia más o menos solapada con los miembros de la hermandad de los varones, el encontrar un lenguaje común con la horda para no quedar fuera del grupo…
Reconocernos como un género con su cultura propia y sus dictados sociales, aceptar los malestares de aspirar a un modelo que no nos hace felices, es el camino que debemos aprender, individualmente y como grupo, haciendo camino nuevo en el conocimiento.
TEXTO.
SAPERE AUDE. APRENDE POR TI MISMO.
Ese es uno de los emblemas kantianos: acceder a una autonomía de pensamiento, sea en forma individual o colectiva.
Cuando nos juntamos para “hacer algo” en relación a tantos femicidios, allá por el 2017, los objetivos de los Varones por la Igualdad eran más escuetos: sostener la lucha de las mujeres, apoyarlas, para que dejasen de ser víctimas de los ataques masculinos, de la violencia protagonizada por nosotros, la hermandad de varones. Nos ubicamos, y creo que fue lúcido nuestro punto de partida, entre los agresores, tomando la decisión de dejar de serlo. Aunque individualmente no nos sintiéramos violentos, nos sentíamos socialmente responsables.
Poco después nos fuimos dando cuenta de que, además de hacernos cargo del lugar que ocupamos los hombres en el sistema social, de privilegio y de control - en suma, de mando -, era necesario dar otro paso en el proceso de autoconocimiento. Así empiezan todos los enfoques que buscan iluminar un sector de la realidad social; mirando hacia el objeto de estudio y también hacia adentro, hacia el propio observador participante. Además de reconocer que no somos inocentes en estas situaciones de discriminación y de dominio injusto sobre las mujeres, nos fuimos haciendo conscientes de una serie de malestares que venían de nuestra educación en tanto varones. No solo había que leer la historia y conversar con mujeres del movimiento feminista, aprender de las construcciones teóricas, de los conceptos creados por ellas, de sus formas de funcionar en los grupos de conversación en que hablaban de política de manera novedosa, incluyendo lo personal. Teníamos también que ir haciendo camino propio en el aprendizaje de los roles que jugamos los hombres en la sociedad. Como cuando en las películas se hace un close-up, un primer plano, aprendimos que debemos mirar en nuestras pequeñas vidas, en la cotidianeidad, en el uso que hacemos de nuestros desempeños sociales, colocándonos lentes de género para vernos y sentirnos actuar en el día a día. Eso quiere decir el “sapere aude” del viejo Kant.
Todo este aprendizaje, práctico y teórico, en asados y lentejadas, sin mujeres - que pueden ser testigos que nos inhiban -, fue transcurriendo en el estilo reservado y un poco áspero de las relaciones varoniles, que ahorran palabras para hablar de lo personal, de la familia, de los amores, de los fracasos, y que utilizan mucho el humor sarcástico, la ironía que nombra en forma burlesca los rasgos que nos queremos sacudir, los mecanismos que queremos ir desterrando.
¿Qué quedará – y esto me sigue percutiendo en la cabeza – de los hombres, una vez que abandonemos el estilo bruto y distanciado afectivamente, con el que nos relacionamos? ¿Perderemos la virilidad si nos volvemos sensibles y cercanos, si hablamos de nuestras emociones, si nos animamos a señalar las insuficiencias o los resentimientos que tenemos con nuestros padres varones? ¿Se nos abollarán las relaciones de pareja si dejamos de ponernos en el lugar de control de la ropa que ella se pone o del dinero que gasta?
Apostamos a que no. Ser hombres justos; dejar que ellas tomen sus propias decisiones; compartir las tareas domésticas y los cuidados; jugar con los chiquilines y conocerlos tan íntimamente como una madre lo hace; abordar los conflictos a través del diálogo y no de la prepotencia; todo eso no nos hará menos varoniles sino mejores seres humanos.
Para todo esto, debemos basarnos sí, en la historia del torrencial movimiento de las mujeres, pero, sin duda, aprender por nosotros mismos sobre nuestra realidad como varones, las dificultades que atravesamos como género. Solo por enumerar algunas: la solución a través de golpes y violencia de los conflictos que nos cuestionan; las mentiras que decimos durante años, al sentir que está en juego nuestra reputación, en torno a nuestra iniciación sexual -algunos de esos engaños pueden acompañarnos toda la vida; las competencias sobre quién la tiene más grande, tanto en lo literalmente físico como en lo simbólico; el cumplimiento forzado de los dictados sociales, tanto en lo económico como en la sexualidad, etc. Todas esas situaciones que atravesamos los varones están allí para ser descubiertas y examinadas desde más cerca. Descubriremos lo que nos hacen doler, lo que nos obligan a simular y a tapar, a silenciar. Porque nuestro silencio es un buen mecanismo de defensa contra lo que nos avergüenza.
En ese estado de aprendizaje estamos. Ojalá nos acompañen más y más varones en ese viaje.
Por Alberto Curiel.
Agosto, 2024.
RESUMEN.
Los hombres recurrimos mucho a la violencia o al grito para resolver nuestros conflictos. Un varón igualitario puede sentirse segregado o extraño en un grupo donde burlas, chistes o comentarios machistas son moneda corriente. La solución no es borrarse, siempre que sepamos esperar el momento adecuado para responder a estas actitudes con el diálogo o con el ejemplo. Nos pasa también con nuestros padres, cuando hay mucha distancia emocional o cosas peores, como el control excesivo o la violencia. No se trata de oponerse solamente sino de ir creando un camino personal que pase por el trato igualitario con mujeres y minorías de género. Mostrar las lacras sociales que implican sobre todo a los hombres, como el suicidio, la muerte en guerras y en el tránsito, la situación de calle, las rupturas familiares definitivas, la dificultad de relacionarse bien en la pareja, puede ser beneficioso: no nos hará perder amistades que pueden ser valiosas y ayudaremos a producir varones más igualitarios y sensibles.
TEXTO.
NO TE OPONGAS; SÉ DISTINTO. Una de las cosas que me impresiona cuando charlo con hombres cansados de tener malos vínculos con las mujeres, con sus amigos, esos que sienten que queman demasiado aceite en sus relaciones con los y las demás, es que me han dicho que en caso de duda sobre cómo actuar, piensan: “¿qué haría mi viejo en esta situación? Entonces hago lo contrario.”.
Es un intento de autoafirmación, sin duda, pero se mantiene en la dependencia de la conducta paterna, esa que no nos gusta por prepotente, por dura, por poco empática. Lo mismo que el “golpe por golpe” o el “ojo por ojo”, repite, invirtiéndolo, el mal camino del otro. Se queda en la competencia y no propone algo nuevo. Se trata, en cambio, de fundar algo diferente a lo de nuestras figuras de referencia.
Fácil decirlo, pero no de crear esa nueva senda, porque no conocemos otra. Pero con la madurez, analizando las reacciones, las pautas de nuestra conducta, podemos ir construyendo otras formas de actuar en nuestras relaciones con los demás. Es lo que le pasa a los adolescentes en esa pulseada histórica con los padres. Es una etapa necesaria, de demolición de lo que no nos calza, pero tiene que llegar el momento de la “casa propia”, de la visión independiente de las cosas, el del camino personal.
Se trata de empoderarse, como lo dicen las feministas; de sentir que uno puede afirmarse y defender sus posiciones, lo que uno siente verdadero y auténtico. Al principio las palabras saldrán débiles, como un balbuceo, hasta que podamos formular posturas más sólidas, más convincentes para nosotros y para los demás. Ocuparemos, así, un lugar en el mundo.
Un compañero decía en un encuentro, que su decisión había sido, ante embates de machismo salvaje en grupos de amigos, asados, reuniones con otros varones, pelearse, irse de los grupos. Se corre el riesgo con esa solución, de perder otros lazos importantes de amistad o de “socialidad”. Estamos optando por una salida violenta. Lo mejor es recurrir al diálogo y en el tiempo adecuado. Hay momentos en que hablar no sirve, como cuando estamos ante una persona alcoholizada o enojada. Esperar el momento, que puede ser cuando el grupo está tranquilo y hay un tema que nos permite hacer puente con lo que nos interesa decir.
Otro asunto importante es cómo decirlo, en qué términos hay que comunicar estos temas espinosos. Hay un cuento tradicional en que el rey ha soñado que se le caían todos los dientes. Consulta entonces a los sabios de la corte, y un consejero le explica que ese sueño significa que verá morir a todos sus familiares. Otro, más sabio y sensato, le dice que será el más longevo de todos sus familiares, que tendrá una larga vida. Obviamente para uno van los latigazos y para otro una bolsa de piedras preciosas, a pesar de que han dicho lo mismo.
Mostrar las desventajas de la ideología machista para los propios varones, puede ser convincente. La actitud omnipotente, la exigencia en temas de fuerza, de aguante, de rendimiento tanto económico como sexual; el no expresar los afectos, salvo cuando surgen en forma de enojo o violencia, todo eso nos deshumaniza, nos deja solos en las relaciones, nos impide ser sinceros y tener unos vínculos de intimidad cercanos con amigos, con la pareja, con nuestros padres. No es porque sí que cuatro de cada cinco suicidios en nuestro país son de varones, que en la cárcel casi el 90% son hombres, que lo mismo sucede entre la gente sin techo, en situación de calle, y también en materia de accidentes de tránsito, donde la violencia campea y uno nota que cuanto más estresado está el conductor más aprieta el acelerador y lo expresa su enojo en la forma de manejar. Si bien las guerras son cada vez menos cuerpo a cuerpo, también son los varones los que mueren masivamente en ellas.
Algo significan estas cifras apabullantes en cuanto a mayoría de varones damnificados. Todo esto tiene que ver con una cultura, con una forma de llevar los lazos familiares, con los amigos, con las mujeres. Somos muy pataduras con las emociones. El patriarcado nos ha regalado muchos privilegios (las “flores” del mal) pero también pagamos un precio carísimo por estar al mando (las desgracias que provocan esas “flores”).Si podemos hablar en serio y en calma con nuestros amigos machistas sobre estos temas, quizás les surja la inquietud de entender mejor lo que les pasa, lo que nos pasa, y procuren ser más igualitarios, se rían menos con las bromas que desvalorizan a las mujeres o a varones “desviádos”, recurran menos a las soluciones violentas a los conflictos.
Por Alberto Curiel,
Agosto, 2024.
PÍLDORA DOS. “ALGO FALTA AHÍ ADENTRO”. LA PATERNIDAD COMO PRESENCIA DE UNA AUSENCIA.
RESUMEN.
Ante la consigna de visualizar un recuerdo infantil, en un taller de varones, la enorme mayoría tuvo evocaciones placenteras, en plazas de juegos, en el jardín de su casa, recibiendo algún regalo deseado. Sus madres muchas veces presentes, pero sus padres en otro lugar, trabajando, ausentes.
Los hombres son apreciados por lo que hacen, no por lo que son. Es su profesión u oficio el que les da identidad. Somos torpes a la hora de expresar emociones positivas, de acercamiento. Muchas mujeres han fantaseado con la muerte de sus padres, esposos o hermanos, para poder empezar a vivir.
Superar esa negación, esa fantasía destructiva, y reconocer que hay que alentar a los varones por el camino del cambio y de la apertura a la expresión del cariño y del amor a sus mujeres, esposas, hijos e hijas, es un camino constructivo que hará más plenas las relaciones y nos conectará más con la vida.
He escuchado decir sobre mi tío Isaac, un sujeto muy ceñudo y severo, cuando ya tenía más de 80 años, que estaba “reblandecido”. Una palabra despectiva para decir que se había vuelto menos tenso y más cariñoso con la edad, más cercano a sus nietos y a mí, ya un hombre joven; había dejado de provocar miedo en mujeres y varones que le rodeaban, con su clásica cara de pocos amigos y su mirada admonitoria. Empecé en esa época a llevarme bien con él, a animarme a hacerle preguntas sobre su familia, sobre su infancia en tierras árabes. Mi tío Isaac nació en los alrededores de Damasco, en Siria.
En ocasión de una mudanza mía, le pregunté si había cambiado de casa en su infancia y me contestó que con su padre, posiblemente más de cien veces. “Mi viejo colocaba los bultos arriba de un par de camellos, ponía a sus hijos y a mi madre en un carro y salíamos a buscar otro lugar”. Tuve la valentía de decirle que eso no era mudarse, que se llamaba nomadismo, y después de una mirada muy seria, comenzó a reírse.
En estos días, debido a una actividad grupal en la que participé, donde la acción del tallerista nos llevó a la visualización de un recuerdo infantil, me encontré trayendo imágenes muy tempranas, en una placita con juegos en el barrio de Punta Carretas, subiendo a la jaula de los monos, cuidado por la mirada de mi madre, pero también alentado por ella a seguir subiendo. “¿Qué hacía el padre de ustedes en ese momento?”, preguntó el docente. El viejo no estaba, se encontraba trabajando lejos de allí, en la tienda, su mundo habitual.
Las experiencias que se volcaron en este taller de varones, casi sin excepción, lamentaron haber tenido o tener aún, padres que “orbitaban alrededor de la casa” resolviendo cosas, necesidades, trabajando mucho para la familia, pero sin “aterrizar” en el mundo cercano de los chiquilines, con cariño, abrazos, juegos, verdadera atención emocional. Siempre como proveedores pero con el gran vacío afectivo del que no sabe conducirse en la intimidad.
En un libro que leo en estos días, “El deseo de cambiar”, la escritora Bell Hooks, una afroamericana que nos dejó en 2021, habla mucho de este anhelo de los hombres de saber amar. Son maestros de la ira, se enojan, amenazan, despliegan formas de violencia muy diversas, que ocultan tristeza, frustración, miedos, pero no saben, no sabemos, nombrar otras emociones y dejarlas fluir.
Dice Hooks, defendiendo la necesidad de alentar el cambio en los varones: “… la vida me ha demostrado que cada vez que un solo hombre se ha atrevido a transgredir las fronteras patriarcales para amar, las vidas de mujeres, hombres y criaturas han cambiado y han mejorado claramente.”
Muchas feministas han preferido, y es entendible esta opción, dedicarse a romper lazos con los hombres de sus vidas; incluso han fantaseado con su desaparición, para poder empezar ellas a vivir. Pero en la medida en que hay que coexistir en una sociedad diversa, todo impulso a una apertura emocional de los varones debería ser estimulado, porque erosiona el camino del dominio y el poder, que es hasta ahora la vía natural por la que se construyen los “verdaderos” hombres. Cuando los varones igualitarios señalamos nuestra “carga”, la de tener que cumplir con mandatos sociales que nos alejan del disfrute de nuestras parejas, de nuestros hijos, normas que son muy difíciles de satisfacer, además de situarnos en una perpetua competencia con otros varones, algunas mujeres creen que solo queremos mantener el protagonismo, siendo como somos, en realidad, los privilegiados del sistema patriarcal. Creo que solo la alianza de todos y todas permitirá ir construyendo una existencia más conectada con la vida, con los hijos, con las personas que más queremos.
«Falta algo ahí dentro», fue una autodescripción que escuchó Bell Hooks de muchos hombres mientras recorría los Estados Unidos, hablando sobre el amor.(p.31)“En la cultura patriarcal, a los hombres no se les permite simplemente ser quienes son y disfrutar de su identidad única. Su valor siempre está determinado por lo que hacen. En una cultura antipatriarcal los hombres no tienen que demostrar su valor y su valía. Saben desde el nacimiento que el simple hecho de existir les da valor, el derecho a ser apreciados y queridos.” (p.29).
Por Alberto Curiel,
Agosto, 2024.
Introducción a "Nada del varón nos es ajeno".
RESUMEN:
Siempre hay flores en el mal y zorzales que cantan en la noche, anunciando el amanecer. Cada desgracia trae alguna bendición y cada triunfo puede arrojar algunas sombras. Descubramos esta columna llamada “Nada del varón nos es ajeno” en distintas píldoras, noticias y movimientos de la sociedad, eso que traen de nuevo y positivo y lo que puede haber en ellos, también, de retroceso.
TEXTO:
Cuando el viejo Terencio, comediante del antiguo Imperio Romano, decía que “nada de lo humano me es ajeno”, hablaba de los temas que podía tomar para sus comedias; se ubicaba además como un ser universal, interesado en el mundo y todas sus vertientes, y también como alguien hecho de flaquezas, tentaciones y virtudes, ángeles y demonios. Ahora bien, si cambiamos “humano” por “varón”, queremos limitar la frase a nuestro género, el del hombre a secas, que viene cargado con todo su bagaje de heroísmo y de mezquindad, de tesón y de violencia, de valores creativos y destructivos.
Obviamente, diremos que nuestro esfuerzo será contra “el mal” y que empujaremos hacia “el bien”, pero sabiendo que, como titulaba Baudelaire en uno de sus libros más conocidos, existen “Las flores del mal.” Cuando el poeta francés del siglo XIX se refería al mal, lo oponía a la belleza, y definía el mal como el “spleen”, la monotonía, el aburrimiento, el no-cambio, todo lo que es costumbre irreflexiva, tradición que se cumple automáticamente. Quizás habría que traducir spleen como bajón. Y pensaba que de esa quietud individual y social que tiene mucho de muerte, de letargo, está hecha también la tierra fértil para el cambio, para lo nuevo, para lo bello. Para llegar a la belleza hay que superar el mal.
Antes solíamos llamar a esto un movimiento dialéctico. “Flores del mal” es una especie de oxímoron, un contrasentido. Como cuando decimos “un ilustre desconocido” o “un silencio elocuente”. Pero esas contradicciones no son expresiones absurdas o imposibles; agregan sentido, y ese sentido está en la lucha interior que damos los varones con algún grado de conciencia de nuestro lugar de poder, para corrernos de ese sitio privilegiado y deslizarnos hacia la posición de hombres más justos, menos violentos, cuestionadores del machismo. De alguna manera, hay que humanizarse, tener una relación más igualitaria entre varones, con las mujeres y con todo el resto de la sociedad.
Por todo eso, buscaré temas para una columna, con la mirada abierta a lo que nos bloquea y lo que nos hace avanzar, al impulso y a su freno, con “una pupila arriba y otra en el andar”, al decir de Silvio Rodríguez en su “Fábula de los tres hermanos”. En cada episodio intentaremos ver lo que detiene y lo que acelera la marcha.
PÍLDORA UNO: LAS TRADWIVES O ESPOSAS TRADICIONALES.
RESUMEN.
Las traditional wives o esposas tradicionales son un movimiento, en su semilla, que propone un ideal de vuelta al entorno doméstico y ubica a las mujeres contra el movimiento feminista.
No todas podrían hacerlo, salvo mujeres de clases acomodadas: movimiento de una élite entonces. Se aparean con los movimientos de hombres que se sienten amenazados por los derechos crecientes de las mujeres. Este giro se explica como reacción a esas luchas pero también puede captar el cansancio de las mujeres comunes, agotadas de la doble jornada en la producción y en sus casas. Ellas ya saben, en forma multitudinaria, que es su lucha por compartir las tareas del hogar y la familia la que va a ir resolviendo esa existencia abrumadora. Y nosotros, varones igualitarios, las acompañamos en nuestro combate contra ese hombre con poder pero que no disfruta de su paternidad, vive en el aislamiento del que es más temido que querido, y recurre a la solución violenta de los conflictos.
TEXTO
Nos llega la noticia de un par de mujeres conocidas en el mundo de las redes, una española y otra norteamericana, que buscan, cada una a su modo, volver a la idea de que las mujeres deben ser “el ángel de la casa”. Para ello, si lo tienen, deben abandonar sus trabajos actuales, y dedicarse a la crianza de los hijos, a agasajar a su esposo o novio con ricas comidas, a preparar el escenario doméstico para cuando, fatigado, su hombre vuelva a casa a descansar. RoRo se llama la española, con casi 2 millones de seguidores, y se ha hecho tendencia en las redes (la que aparece con lentes en la foto de abajo).
Impacta este tipo de noticia en mujeres del ámbito público que recomiendan la sumisión, el cumplimiento de los deseos que dicta su pareja, que se visten como muñecas para agradar a marido e hijos, que han dejado en ciertos casos la universidad para llevar adelante este tipo de existencias. Parece una vuelta, con pequeños matices, a mediados del siglo pasado, en que muchas mujeres enfocaban su mirada hacia ese “ejército de delantales” que esperaba al otro, al que volvía de la tragedia de la guerra mundial. En esta nueva vuelta al ideal de ama de casa modelo, todo hace pensar en una reacción al movimiento #MeToo y a la influencia de la pandemia de 2020.
Es notorio que en muchas mujeres hay una fatiga y una necesidad de gritar “¡hasta aquí llegué!” y que querrían volver a sus casas, con el tiempo necesario para disfrutar de sus hijos y de su pareja. Es que están agotadas de cumplir ambas funciones, la de las tareas productivas en el mundo del trabajo retribuido y el de las tareas domésticas en el espacio privado. Algunas que conozco, funcionarias o trabajadoras, me lo han confirmado charlando de este tema: “”¡Con qué gusto me volvería yo a casa para no tener que seguir con este trabajo de porquería en que me pagan poco y me maltratan!” Pero es que esas mujeres tienen que cumplir la doble jornada, y si sus parejas aceptaran la división justa de tareas, no sentirían lo mismo. Por otra parte, solamente mujeres de clase media y alta pueden permitirse ese camino de vuelta a la casa. Obreras, funcionarias, cuyos maridos no pueden mantener por sí solos el hogar, están impedidas de hacerlo.

Se trata entonces, de una reivindicación clasista, contra la corriente de liberación que han traído los feminismos, y que además, compagina muy bien con los deseos sexistas y las reivindicaciones de esos movimientos de varones que se sienten avasallados en sus derechos por las mujeres organizadas, al estilo de los “Varones Unidos”. “Volver al redil”, a la estrechez de la cocina, a los pañales y las túnicas, a ser la figura decorativa de la casa, a perder la capacidad de tomar las propias decisiones, a posicionarse como el sexo dependiente, no puede traer nada bueno para las grandes masas de mujeres. Ubicar a los varones en su puesto de manutención económica y de propietarios de hermosos robots sin opinión propia, es un franco retroceso también, para el movimiento en ciernes de los varones igualitarios.
¿Cuál sería, entonces, la flor de este mal provocado por los y las anti-derechos de mujeres y minorías? La que nosotros debemos plantar y regar: que se reconozca que la abrumadora tarea doble de las grandes masas de mujeres debe terminar. Si se comparte el presupuesto, se debe compartir la cocina, el lavado de la ropa, la crianza y cuidado de los niños y los viejos. Esa es la senda de las flores; la otra es la del pasado y el estancamiento, la de varones poderosos pero obligados a cumplir en todo el aprovisionamiento, y la de mujeres-Barbie encerradas otra vez en sus catafalcos familiares, sin libertades ni desarrollo personal.