Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.
Prometí ingresar en el tema de la revolución que produjo en algunas disciplinas la perspectiva de género, y veremos algunos aspectos de esa transformación en el campo de la Historia.
El título de este breve artículo significa, por un lado, que en un momento del siglo XX hubo una irrupción cada vez mayor de historiadoras mujeres, de profesoras, de profesionales, de investigadoras en el campo de la disciplina y de las ciencias auxiliares de la historia, como la antropología o la arqueología; también quiere decir que el foco de las historiadoras comenzó a orientarse hacia la mujer y su existencia en las diferentes formaciones sociales y comunidades estudiadas, abriendo la puerta también en las ciencias históricas, a pensar más allá de la binaridad.
Michelle Perrot, que colaboraba con Michel Foucault y que dirigió la publicación de La historia de las mujeres en Occidente, junto con Georges Duby, afirmaba que la historia es un oficio de hombres, y los campos en que se ha extendido son, por tanto, los de la acción, las guerras y las conquistas de territorios, atendiendo a los líderes de la guerra y a las clases altas, y descuidando la vida de los pobres y de las mujeres.
¿A qué fuentes acudir para estudiar esta historia escondida? Si para la historia tradicional se recurre a documentos oficiales, diplomáticos o administrativos, elaborados sobre todo por varones, por otra parte “son insuficientes los escritos femeninos y muy específicos: libros de cocina, manuales de educación, cuentos recreativos o morales, constituyen la mayor parte”.
Hay así un primer tiempo en que se trata de desenterrar experiencias ocultas, abolidas y desvalorizadas, para descubrir las huellas de la vida de la mitad de la humanidad, ausentes de los libros respetables de los historiadores. Pero en un segundo momento, el foco se vuelve hacia una historia relacional, que trata de responder a la cuestión de los distintos roles que hombres y mujeres desempeñaban en cada época. Empieza a cuestionarse el lugar de cada uno de los géneros en los distintos períodos históricos y sectores sociales, abordando también las relaciones de poder entre hombres y mujeres, nexos hasta ese momento considerados naturales y no sujetos a historicidad.
Hubo una reacción de la comunidad de historiadores, enfática y paternalista, enviando la historia de las mujeres a un lugar separado de la historia consagrada. “Si las mujeres tienen su propia historia, muy bien, que se den el gusto de investigarla y narrarla.” Joan Scott dirá con ironía que « se podía entender la historia de las mujeres como concerniente al sexo, a la familia, a las tareas menos importantes protagonizadas por sujetos secundarios, separados de la verdadera historia, la historia política y económica.” Esta idea se expresa en la afirmación de un historiador de que “mi comprensión de la Revolución Francesa no va a cambiar un ápice si se incorpora a ese proceso la historia de las mujeres”. Sin embargo, cuando se empiezan a descubrir las huelgas e insurrecciones de las mujeres y su función en los clubes de los rebeldes o en la toma de Versalles y su traslado en andas del rey para obligarlo a volver a París, se descubre que aquí, el concepto de género como instrumento de análisis histórico, lo cambia todo.
Esta forma relacional de la historia y la aplicación de una visión de género, revoluciona todas las categorías habituales. Hace muy poco, en una charla convocada por Varones por la Igualdad, Alma Espino, docente y economista, cuestionaba toda la teoría del valor, al incorporar el trabajo no remunerado de la mujer en la producción, considerando a las mujeres como agentes económicos.
Incluso, en el caso de Silvia Federici, en su “Calibán y la bruja”, queda clarísimo que es necesaria una nueva periodización de la historia, a la luz d ela violencia brutal y extendida contra las brujas en los siglos XVI y XVII, que hacen de todo punto de vista imposible ubicar a las mujeres en esa época, dentro de una etapa llamada Renacimiento. ¿Renacimiento de qué para miles de mujeres a las que se expropió el saber y se cambió de cuajo su rol, quemándolas o enclaustrándolas en prisiones familiares o prostíbulos?
Diciéndolo en modo gastronómico: al principio, las criaturas femeninas entraban poco y nada en el menú, cuyo plato central eran la política, las guerras y la economía. Después, con el fin de digerirlas sin molestias, se las admitió como un platillo extra, un caldito al lado del plato fuerte. Pero finalmente, se transformaron en las especias y la sal que cambiaron el gusto a toda la comida.