La literatura de todos los tiempos es una fuente inagotable de machismo. Pero también es espacio para la reflexión y la deconstrucción. En esta selección variopinta recontamos ejemplos de épocas y lugares para que nos encontremos con aquellas que más nos resuenan y podamos “volver a leer” con lentes actuales. Para concluir, incorporamos un fragmento de “La lengua excluyente” de Cristina Peri Rossi que nos invita a pensar en clave de género, tanto literario como identitario.

Se había casado un labriego y llevaba a su mujer de la iglesia a la casa donde moraba en medio del campo. La mula en la que ella montaba dio un traspié y el labriego dijo:
— ¡Va una!
Siguieron el camino y por segunda vez tropieza la mula. El labriego exclama:
— ¡Van dos!
Continúa el trayecto y nuevo traspié. El labriego dice:
— ¡Van tres!
Y sacando una pistola mata a la mula de un tiro.
La pobre mujer, asustada, le reprende airada:
— ¡Parece mentira lo que has hecho! ¡Una mula tan buena y tan fuerte! ¡Eres un tonto! ¡Más animal que ella!
El hombre la deja explayarse, y cuando termina mira a su mujer y dice simplemente:
— ¡Va una!
En el cuento de la mula y la mujer la advertencia del recién casado es clara: esto es lo que te espera si me faltás al respeto. Machismo duro y puro.

A los yanomami, una nación indígena del Amazonas, se lo llamó “el pueblo feroz” porque viven en guerra y para la guerra. Luchan, sobre todo, contra otros yanomami. Entre ellos, un hombre se convierte en unokai a partir del momento en que mata por primera vez, una posición social de gran prestigio que les permite adquirir, además del respeto general, más mujeres que los demás varones de la aldea. Como pertenecen a una etnia poco avanzada tecnológicamente, solo pueden matar a sus enemigos uno por uno, en un estilo artesanal, personalizado y tal vez elegante, pero no comparable en eficiencia a nuestra producción industrial.
En el relato sobre los yanomami es obvio el culto a la muerte y a la guerra. También que la industria bélica mundial los ha superado.
Tomado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/09/130903_en_busca_de_yarima_yanomami_amazonas_vp

Snorri Gunnarson ha caído en la batalla, pero no está muerto. Snorri Gunnarson tiene un esguince de tobillo. Snorri Gunnarson ha decidido no levantarse.
Montadas en lobos gigantes llegan las valkirias. Vienen a buscar a los guerreros que han muerto heroicamente en la lucha, para conducirlos al Salón de Banquetes del Valhalla. Allí permanecerán hasta el fin de los tiempos, hasta el momento de pelear a favor de Odín en la batalla final.
Las valquirias son siete, son diosas, son bellas, despenan con el beso de la muerte a los guerreros que agonizan.
La jefa de las valquirias avanza hacia Snorri Gunnarson con wagneriana majestad. Snorri Gunnarson la ve acercarse, aterrado. A Snorri Gunnarson el premio no le interesa. Snorri Gunnarson imagina el Salón de Banquetes del Valhalla, imagina el malestar que provoca la borrachera de hidromiel, el olor a grasa de jabalí y a sudor alcohólico, las bromas brutales, las mentirosas jactancias de los héroes, siempre las mismas hasta el fin de los tiempos. Snorri Gunnarson no desea estar en el Salón de Banquetes del Valhalla. Snorri Gunnarson tiene mujer y tiene hijos. No es un guerrero heroico. Snorri Gunnarson quiere volver a su casa, a disfrutar de su breve tiempo humano.
En lugar de besarlo, la valquiria lo escupe con desprecio infinito. Snorri Gunnarson respira aliviado, respira feliz, respira. Y el aire que aspira y vuelve a exhalar con sus pulmones temblorosos le produce el placer más grande que sentirá en todo el resto de su larga, larga vida.
En la guerra, esa situación donde el homicidio es legal, nos medimos los hombres. Snorri Gunnarson se animó a ser diferente y salirse de los valores de la valentía y la búsqueda de la gloria. según los cánones más aceptados, sería un sub-hombre.
En la vida diaria de los varones las actitudes belicistas están latentes. Para confirmarlo, miremos nuestros comportamientos en el tránsito, las cifras de suicidios de varones, las vidas cortas que vivimos. En fin: nuestras formas predilectas de morir.
Hace un par de años Mario Delgado Aparaín, cuando se acordó de un cuento relacionado con el 11 S y la caída de las Torres Gemelas, compartió la siguiente anécdota: “Es cierto que a ellos les tiraron las torres gemelas, pero nosotros en Minas teníamos a las gemelas Torres, que también las voltearon, y quedaron totalmente demolidas…” Juceca luego retomó la anécdota, ampliándola en un cuento.
Todavía nos hacen reír estos juegos de palabras, pero no tanto… Hoy en día, Mario Delgado Aparaín nos comparte la siguiente reflexión respecto a la sociedad patriarcal en la que nos criamos: video de Mario Delgado
Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave, el padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia.
Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: “No puedo operarlo, es mi hijo”.
A la mayoría de hombres y mujeres les es difícil resolver el enigma, lo que demuestra nuestra ceguera en lo que a género se refiere.
Una tardecita, en una de las tantas prisiones de la última dictadura en Uruguay, surgió en mi celda una conversación colectiva, en un clima cálido y sincero, sobre problemas y oscuridades de cada uno. Yo más bien escuché a los otros, o bien porque no sentí que tuviera vergüenzas destacables para compartir, o de pronto porque no me animé. Hubo comentarios de 2 o 3 compañeros en tono confidente también, pero no me quedaron grabados.
Lo que dijo Tono, en cambio, un compañero veterano y que se destacaba por el cultivo de su físico, bien musculoso, lo recuerdo con claridad; nos confesó secretos que lo dejaban mal parado. Era un mujeriego de novela, de esos que coleccionan historias de abordajes en la calle o en el ómnibus, a cual más audaz y todos con final “feliz”. Un día le dijimos que dejara de contar esas experiencias porque nos abrían unos apetitos que en esos momentos no se podían saciar.
Pero en esa rueda de mate tan especial, en ese clima, nos contó porqué era tan “coleccionista de mujeres”.
No tenía hijos con su esposa, abnegada compañera que venía siempre a las visitas, y las investigaciones médicas se habían saldado con la convicción de que la pareja era estéril: ambos decidieron que la responsabilidad era de ella, que no podía quedar embarazada. Pero el "pirata" de Tono, por curiosidad, había hecho analizar su semen y descubrió que el problema de esterilidad lo tenía él. Nunca se lo confesó a su buena mujer, que cargaba con la culpa y el dolor de no poder concebir. Seguramente el origen de sus conquistas surgía de esa necesidad de probarse como varón una y otra vez.
La confesión desembocó en la promesa, asumida ante los 5 inquilinos de la celda, de confesar la verdad a su esposa, y proponerle más adelante la adopción de un hijo o una hija.
Unos pocos años después me topé en la calle San José con el coleccionista de mujeres, del que conservaba un cariñoso recuerdo. Hay que ver con qué orgullo me mostró la foto de la nena que llevaba en su billetera. La habían adoptado de bebita un año antes.
Tono pagó un buen precio por mantenerse fiel a los valores del buen macho, y ni que hablar su mujer, pero por suerte superó la barrera.
Un náufrago, después de años de aislamiento en una isla, divisa una persona pidiendo auxilio en el mar. Al salvarla de las aguas, se da cuenta que es una mujer, y que esa mujer… ¡no es otra que la bellísima Demi Moore!
Una vez recuperada, habiendo comido y calentita al lado de una hoguera preparada por su salvador, Demi relata los acontecimientos que la dejaron como sola sobreviviente de un naufragio en alta mar. Y después dice a su héroe:
Apartémonos un poco mientras el náufrago y la mujer disfrutan del encuentro amoroso...
Una vez terminado el acalorado encuentro, el hombre se sume en un silencio profundo.
Una vez con el nuevo atuendo, el hombre le dice a Demi, con voz cómplice:
LOS VARONES PARECEMOS NECESITAR TRANSMITIR EL MENSAJE A LOS DE LA COFRADÍA. EL GOCE ESTÁ TANTO EN LA ACCIÓN COMO EN EL CUENTO COMPARTIDO CON LOS OTROS.
En este chiste hay varios elementos que podemos analizar desde lentes de género. Para empezar, miremos al personaje de Demi Moore. La historia funciona porque la protagonista es una famosa actriz que además es reconocida por su belleza. Hagamos el ejercicio de imaginar la historia con otra protagonista: ¿funcionaría si la protagonista fuese una vecina del barrio que no es particularmente llamativa? ¿o si fuera una famosa actriz considerada “fea”? Nos encontramos con que se perpetúa la idea de que el mayor valor de una mujer es su atractivo físico, que evaluamos según estándares que heredamos en la cultura.
Por otra parte, podemos analizar el consentimiento en las relaciones sexuales en el diálogo en que el náufrago dice “Querría que hagamos el amor” Si bien esta situación es improbable que suceda, lo que sí suceden son las reacciones en la lectura: tendemos a valorar que el varón sea “vivo” como para pedir sexo en ese diálogo, ¿o no? ¿Es lo mismo tener sexo como producto de esa “viveza” que como resultado de mutuo deseo? ¿Es válido el consentimiento cuando lo estamos dando en una situación límite?
Por último, detengámonos en la frase final “Bo, aunque no lo creas, hace un rato me cogí a Demi Moore” ¿Cuántas veces hacemos algo exclusivamente para tener la validación de nuestros pares varones? ¿Cuánta de nuestra motivación es interna y cuánta proviene de poder contárselo al otro luego?

«Vemos aquí que las adolescentes y más las jovencitas elegantes, bien hechas y bonitas, hacen mal en oír a ciertas gentes, y que no hay que extrañarse de la broma de que a tantas el lobo se las coma. Digo el lobo, porque estos animales no todos son iguales: los hay con un carácter excelente y humor afable, dulce y complaciente, que sin ruido, sin hiel ni irritación persiguen a las jóvenes doncellas, llegando detrás de ellas a la casa y hasta la habitación. ¿Quién ignora que lobos tan melosos son los más peligrosos?”
Las jóvenes "en edad de merecer" deben cuidarse, cuando se han desarrollado y ya son “mujercitas” (de ahí el rojo de la caperuza). Los caballeros melosos, somos de cuidar; podemos seducir a una jovencita y hacerle perder lo que suponemos que es lo más preciado: su virginidad.
El rabino Eliezer, en una conversación humorística con el psicólogo Jorge Bucay, intenta defender al judaísmo de las acusaciones de machismo en la Biblia o en el Talmud. Una de las más corrientes es la que dice que la mujer es inferior por provenir de una costilla del hombre. El rabino comenta que la mujer, en realidad, es superior, porque Adán proviene del barro, de la tierra, mientras la mujer fue hecha a partir de tejidos vivos, por lo cual se ubica en un nivel más alto de espiritualidad e inteligencia. Es por eso que los hombres se ven obligados a estudiar toda la vida y la mujer no lo hace, no porque se la excluya, sino porque está varios escalones más arriba en profundidad de pensamiento y comprensión de la vida.
En otra parte de la charla, se dedica a comentar graciosamente algunos temas bíblicos que abonan la idea patriarcal del nuevo testamento. Y aquí viene el cuento, que tiene su encanto:
-Cuando Adán ya era mayor, Dios le comentó que iba a crear a una mujer, y le explicó que ella cumpliría todos sus más pequeños deseos, que le cocinaría alimentos deliciosos, que mantendría reluciente su vivienda, que le acompañaría haciendo todos sus días muy placenteros.
- ¿Y eso cuánto me saldría?, preguntó Adán.
- Un ojo de la cara.
- ¿Y por una costilla qué me darías?
Se desvaloriza a la mujer, resultado del regateo entre dios y adán, que acepta a la nueva criatura “por un precio más bajo”.
Una muy conocida frase de quien fue entre 1955 y 1973, Secretario General del Partido Comunista, define a los comunistas en muchos aspectos, y, seguramente sin buscarlo, también en su sesgo de género. Tan importante como para figurar en el carné de afiliados y afiliadas.
“No somos una secta ni un grupo escogido de conspiradores.
Nacemos de la clase obrera y el pueblo, somos, pues, hombres sencillos y alegres, amamos el pan y el vino, la alegría de vivir, las mujeres y los niños, la paz y la mano cordial del amigo, la guitarra y los cantos, las estrellas y las flores.
No somos iracundos ni desarraigados, ni gente que pretende meter la vida en los zapatos estrechos de la ideología, como hacían con sus pies las antiguas mujeres chinas. Marx, nuestro maestro, recogió e hizo suya la frase de Terencio: ‘Nada de lo humano me es ajeno’
Pero por eso mismo comprendemos al gran Lenin, el más humano de los hombres, que amaba la Appassionata de Beethoven, pero con firmeza condujo la nave de la revolución y era inquebrantable frente al enemigo. Por eso mismo también, amamos el oscuro heroísmo del trabajo revolucionario de todos los días, y no tememos por eso el otro trabajo, cuando toca, de vencer la tortura, las balas o la muerte”.El ideal del comunista era totalmente varonil. así como lo era la fórmula del “hombre nuevo” del Che, y el llamado de Daniel Viglietti a crearlo. La izquierda, aún con su vocación revolucionaria, no escapaba a su época en cuestiones de género: tampoco le resulta fácil ahora.

Yo tenía cinco años. La maestra escribió en la pizarra: "Todos los hombres son mortales". Sentí un enorme alivio, un gran regocijo. Esa tarde, cuando salí del colegio, corrí a mi casa y abracé muy estrechamente a mi madre.
"¡Qué suerte Mamita, tú no te vas a morir nunca!" le dije, arrebatadamente.
"Qué?" preguntó mi madre, sorprendida.
Me separé apenas de ella y le expliqué:
-La maestra escribió en la pizarra que los hombres son mortales. ¡Y tú eres mujer!. Por suerte, eres mujer, dije y volví a abrazarla. Mi madre me separó tiernamente de sus brazos.
-Esa frase, querida mía, incluye a hombres y mujeres. Todos y todas moriremos algún día.
Me sentí completamente consternada y desilusionada.
-Entonces, ¿por qué no escribió eso?: "Todos los hombres y mujeres son mortales"? pregunté. -Bueno- dijo mi madre, en realidad, para simplificar, las mujeres estamos encerradas en la palabra "hombres".
-¿Encerradas? - pregunté. ¿Por qué?
-Porque somos mujeres- me contestó mi madre.
La respuesta me desconcertó.
¿Y por qué nos encierran? - le pregunté.
Es muy largo de explicar, respondió mi madre. Pero acéptalo así. Hay cosas que no son fáciles de cambiar.
-Pero si digo "todas las mujeres son mortales", ¿también encierra a los hombres?
-No- contestó mi madre. Esa frase se refiere sólo a las mujeres.
Me entró una crisis de llanto. Comprendí súbitamente muchas cosas y algunas muy desagradables, como que el lenguaje no era la realidad, sino una manera de encerrar a las cosas y a las personas, según su género, aunque apenas sabía qué era género: además de servir para hacer faldas, el género era una forma de prisión.