Píldora siete. El feminismo patea la mesa antropológica.

Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.

TEXTO:

Espero que hayan tomado ya las píldoras cinco y seis de nuestro “Nada del varón nos es ajeno”. Se pueden incorporar fácilmente en la página de Varones por la Igualdad.

La cinco describe los cambios propuestos por el enfoque feminista de la ciencia, una visión crítica que llama la atención sobre la ausencia de la mujer tanto en el equipo científico como en tanto objeto de estudio. Utiliza el ejemplo de la fecundación explicada a niños y adolescentes, otorgando al espermatozoide un papel dinámico y al óvulo el de una pasividad expectante. Es un caso de actividad y pasividad, que va a repetirse en la comprensión de los vínculos, del amor, de la concepción genérica binaria que nos ha atravesado.

La píldora seis relata brevemente los avatares de la entrada conflictiva de la mujer en la disciplina histórica.  Ésta excluía a las historiadoras mujeres y borraba a media humanidad del protagonismo de la aventura humana. Se producía así una mirada limitada a la narración de conquistas, devenires de la economía y vidas de grandes líderes.

Hoy abordaremos el tema de la Antropología, donde los estudios de género crearon también un considerable desorden, destructivo y fecundo a la vez.

La antropología de campo inicia sus pasos en el siglo XIX y se orienta, con una mirada enteramente colonial, a entender a estos “otros” que aparecen como eslabones entre los simios y los europeos. Justifica la dominación, analiza costumbres desde los valores del eje civilización-salvajismo; es, en el mejor de los casos, paternalista, tratando de entender a estos seres primitivos, que, para el ojo del colonizador, deben ser elevados a su nivel cultural.

A mediados del siglo XIX se produce un salto hacia una antropología más científica, que busca describir distintos tipos de organizaciones sociales que los hombres se han dado para su existencia. La reflexión va a centrarse en los elementos diferenciales y sobre todo, en los que aparecen como invariantes de la “raza humana”. Con el fin de encontrar estos rasgos comunes se estudian la familia, los lazos de parentesco, mitología, rituales, creencias y objetos producidos por la cultura de cada comunidad, lo que exige la inmersión en ella del profesional que la observa y busca entenderla. Para entender a un pueblo es necesario convivir con él, aprender su idioma, experimentar sus hábitos y valores.

Uno de los más sobresalientes antropólogos que trabajó a principios del siglo XX, Bronislaw Malinowski, estableció el trabajo de campo como una condición necesaria para la comprensión de los grupos humanos. Subrayemos que una de sus definiciones de “Antropología” fue: “el estudio del hombre que abraza a una mujer”. En las teorías de parentesco y de matrimonio resultaba imposible dejar de lado a las mujeres, pero ellas aparecían en sus estudios de comunidades, siempre como hijas, hermanas o esposas de uno o incluso varios hombres, como meros objetos de intercambio entre ellos.

 Margaret Mead (Estados Unidos, 1901-1978) fue de las primeras mujeres en abrirse paso en una comunidad de antropólogos dominada por los hombres. De personalidad y vitalidad imponentes, ingresó en el estudio de la vida familiar, de la sexualidad, de la interrelación entre hombres y mujeres, en la división del trabajo entre los sexos. La importancia de su trabajo reside en que demostró que no existe correspondencia natural estricta entre sexo y género y que lo hizo en una época en que la Antropología daba por obvia esta correlación (“Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas”, 1935). Demostró a través del estudio de esas sociedades, que los comportamientos no eran determinados por lo biológico sino más bien moldeados por la educación.

Si bien la Mead contribuyó a poner en primer plano a las mujeres y a la construcción social de los comportamientos sexuados, la noción de género y la crítica feminista aparecerán en los años 60s y 70s. Será la antropóloga norteamericana Gayle Rubin quien indague sobre los mecanismos histórico-sociales por los cuales el género y la heterosexualidad obligatoria son producidos y las mujeres relegadas a una posición secundaria en las relaciones humanas. Lo hará en su libro sobre “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, publicado en inglés en 1975. Rubin interviene en el debate e investigaciones sobre la posible existencia de sociedades matriarcales previas al sistema patriarcal, concluyendo que esa búsqueda está orientada por una visión androcéntrica que intenta demostrar que hubo ordenamientos del poder similares y contrarios al patriarcal. Los antropólogos consideraron fracasado ese sistema de dominación por parte de las mujeres, presentando como triunfante y progresivo el sistema patriarcal que surgió después. Para Rubin lo que realmente hubo fueron algunos sistemas matrilineares de parentesco, que no configuraron casos de sujeción del varón.

Sally Linton se cuenta entre las antropólogas que en la década de los 70 se dedicaron a dotar a la disciplina de una perspectiva crítica de género. Escribió un trabajo emblemático titulado “La mujer recolectora: prejuicios masculinos en antropología.” (1975), como contrapunto al concepto del “hombre cazador”. Valorizó muchos de los saberes necesarios para esa función de las mujeres en la recolección, y desmontó la idea de que los avances de la evolución humana surgieron de la asociación de los varones para cazar animales. La actividad de la caza de grandes mamíferos -sugerían los antropólogos más reconocidos -, habría producido el desarrollo de una serie de habilidades físicas, como la atención enfocada o la visión espacial, cambios morfológicos como el bipedismo o el desarrollo del tamaño cerebral, e innovaciones tecnológicas y sociales como la fabricación de herramientas o la creación del lenguaje. La noción de unos hombres productivos que hacen avanzar a la humanidad, mientras las mujeres permanecen con sus hijos esperando el alimento, se parece demasiado al papel que ocupan el espermatozoide y el óvulo en la explicación que relatamos sobre la fecundación, con una entidad masculina dinámica y una femenina enteramente pasiva.

Así surge lo que ya se puede denominar Antropología feminista, que en estos años se ocupó de responder a la pregunta de por qué existe la opresión de las mujeres, dando por sentado que esta opresión es universal, pero sin apelar a explicaciones esencialistas, no históricas, basadas en la biología.

La crítica feminista de la antropología tradicional se centró en el posicionamiento del investigador, en la opción por referentes e informantes varones, en la elección de los temas a investigar, en la producción de los materiales, y también en la interpretación de los datos, criticando los supuestos teóricos de la disciplina, impregnados de androcentrismo. La antropología feminista permite una comprensión más completa del mundo humano.

Esta crítica fue a su vez evolucionando, eludiendo el riesgo de reducir a las mujeres a una sola categoría. Poco tiene que ver una mujer palestina o una perteneciente a un pueblo de nómades de Mali, con una mujer uruguaya o inglesa, y lo mismo sucede con la existencia de una profesional en una gran urbe y la de una empleada doméstica filipina en Europa, sin recursos económicos y con preocupaciones absolutamente distintas. Lo común a ellas, sin embargo, es que aparecen sometidas a circunstancias que las hunden en un estatus inferior al de los varones de su sociedad que pertenecen a la misma capa social que aquéllas.

El feminismo, como expresión política y crítica de las voces tantas veces ignoradas de las mujeres, debe exigir a esta disciplina que no olvide que cualquier análisis de una sociedad debe tener en cuenta las relaciones de género como relaciones de poder presentes en cualquier tipo de organización humana, al tiempo que la Antropología ha de mostrar cuáles son las variaciones culturales en las que se concreta el fenómeno universal del sistema patriarcal, sus peculiaridades y su distribución del poder.

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