Píldora ocho. La sociología se acopla con el género.

Por Alberto Curiel
Octubre, 2024.

TEXTO:

En el siglo XIX el positivista francés Auguste Comte y su amigo y discípulo Stuart Mill, fueron testigos de las primeras movilizaciones de  las sufragistas, que pelearon contra muchas desigualdades sociales además de reivindicar el voto universal. Este movimiento alimentó especialmente el debate entre ambos pensadores. Medio siglo antes habían tenido lugar los reclamos de Olympia de Gouges, con sus propuestas registradas en los Derechos de la mujer y de la ciudadana, durante los tiempos de la Revolución Francesa, y de Mary Wolstoncraft, autora de una Vindicación de los derechos de la mujer. Ambas se rebelaron contra la exclusión de las mujeres de los objetivos del movimiento revolucionario.

AUGUSTE COMTE (1798-1857) negará el conflicto mismo declarado por el movimiento de mujeres. Ellas, dirá, no están excluidas de los derechos, ya que por su propia naturaleza, sus funciones en la sociedad no se encuentran con las de los hombres, sino que son complementarias. El feminismo, así, configura una desviación, una especie de contradicción en sus propios términos, un camino absurdo e inconducente.

El “sexo afectivo” femenino y la “racionalidad” de los hombres serían la naturaleza de cada uno de esos grupos; en el caso femenino, estaríamos ante una condición inferior en fuerza y racionalidad, pero superior en sociabilidad, en lo ético y en lo emocional. La función doméstica no se realiza por exclusión o por una carencia sino porque “rinde” en su excelencia en el pequeño espacio familiar y la mujer, en el ámbito público, se encontraría fuera de su lugar natural.

La naturaleza es destino. Apartar a las mujeres de esa función familiar o abrirles el camino a otras, sería suicida para la sociedad, que se mantiene estable mientras cada grupo se ajuste a esa naturaleza y a los roles que mejor desempeña. De esa forma se mantiene el equilibrio social y la organización no colapsa.

La mujer queda excluida del orden productivo y detenta, de algún modo, el poder espiritual.

Esos son, en resumen, los argumentos de Comte en la polémica con Mill.

STUART MILL (1806-1873) dirá que el carácter femenino y la posición social de las mujeres son resultados un poco de la herencia y otro poco de la construcción social, producto de represiones de algunas tendencias y estímulos de otras. Esa lucha de las sufragistas, denostada por Comte, la explica diciendo que si fuese natural la función de la mujer en la dimensión familiar, no habría que forzarlas a la reclusión doméstica. Lo natural no requiere de coerción para su cumplimiento. Ironizando, Stuart Mill va a decir que la orientación natural nunca necesitó de tanta ayuda social (y policial) para realizarse.

CARLOS MARX y FEDERICO ENGELS aceptan la situación subordinada y de explotación de las mujeres como producto de la propiedad privada y de su exclusión de la esfera productiva, pero terminarán de todos modos invisibilizando o postergando ese conflicto, ya que lo resuelven en su teoría como un antagonismo que en última instancia se resolverá con el cambio social, con el advenimiento del socialismo. Lo que ellos llaman “cuestión femenina” no será nunca “la cuestión feminista”, ya que todos los énfasis y las fuerzas deben enfocarse hacia el nudo mayor: el cambio de modo de producción y la apropiación social de los medios productivos, causas profundas del sometimiento de las mujeres. Esto configura un reduccionismo de la cuestión femenina al problema de la lucha de clases. Todavía hay marxistas vulgares que hoy siguen habitando ese reduccionismo.

LA PERSPECTIVA DE GÉNERO HARÁ VISIBLE EL CONFLICTO, ese que  fue ocultado por las posturas esencialistas y naturalistas. El rechazo a reconocer el problema de la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres fue lo que mantuvo a la sociología de la academia, hasta los años 60 del siglo XX, lejos de los asuntos del género. Es la incorporación de las mujeres a la comunidad científica sociológica y también como objetos de estudio de la historia, de la antropología y de la sociología misma, la que permitirá ver a una nueva luz la dimensión sexo-genérica. Este movimiento en lo académico, claro está, fue acicateado por la llamada segunda ola del feminismo, en la segunda mitad del siglo XX.

Es interesante señalar que así como las clases sociales determinan jerarquías, también los géneros crean desigualdad y privilegios. No son las diferencias sexuales por sí mismas, dicen algunos teóricos con fineza intelectual, las que producen diferencias de poder, sino los géneros construidos sobre esas diferencias. Porque esas distintas anatomías de hombres y mujeres no tienen por qué ser la base de categorías sociales o sometimientos. Son las diferencias creadas por el género las que han ido reforzando las posiciones sociales. ¿Por qué, preguntan algunos, no podrían haber sido entre la gente grande y la pequeña o entre quienes tienen ojos claros y los que han nacido con ojos oscuros?

Erwin Goffman señala cómo la organización social exacerba las diferencias entre los sexos en detrimento de sus parecidos. Este autor da varios ejemplos de la vida social, como el de los baños, afirmando que, finalmente, del punto de vista fisiológico, no hay razón para separar a hombres y mujeres, pero que se trata de una forma de reafirmar sus diferencias en tanto género.

Estas identidades sexuadas no son fijadas de una vez y para siempre ni son el producto social de la naturaleza: se trata de categorías que cambian, que son reafirmadas continuamente y que se negocian a lo largo de la vida. La sociología debe dar cuenta de la manera en que los actores sociales y las instituciones aceptan o rechazan estas categorías sobre las diferencias que modelan la vida cotidiana.   

Actualmente, si bien hay resistencias institucionales y políticas hacia los estudios de género en la sociología y otras ciencias, esos enfoques se van institucionalizando y aceptando en el mundo académico. Es bueno retener que pensar el género significa comprender, interpretar y también cambiar el mundo. 

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