PÍLDORA CUATRO. SAPERE AUDE. APRENDE POR TI MISMO.

Por Alberto Curiel
Setiembre, 2024.

RESUMEN.

Al formarnos como grupo, partimos de la actitud de hacerlo por ellas, por las mujeres, a las que estábamos maltratando y hasta matando. Después hicimos un giro, como Copérnico, y comenzamos a mirarnos hacia dentro, descubriendo que éramos un género con privilegios pero también con grandes dificultades. Defendernos a los golpes en la niñez o sufrir los embates de los bravucones, la soledad de la adolescencia y las mentiras para tener una buena imagen como seductores, la competencia más o menos solapada con los miembros de la hermandad de los varones, el encontrar un lenguaje común con la horda para no quedar fuera del grupo…

Reconocernos como un género con su cultura propia y sus dictados sociales, aceptar los malestares de aspirar a un modelo que no nos hace felices, es el camino que debemos aprender, individualmente y como grupo, haciendo camino nuevo en el conocimiento.

TEXTO.

SAPERE AUDE. APRENDE POR TI MISMO.
Ese es uno de los emblemas kantianos: acceder a una autonomía de pensamiento, sea en forma individual o colectiva.

Cuando nos juntamos para “hacer algo” en relación a tantos femicidios, allá por el 2017, los objetivos de los Varones por la Igualdad eran más escuetos: sostener la lucha de las mujeres, apoyarlas, para que dejasen de ser víctimas de los ataques masculinos, de la violencia protagonizada por nosotros, la hermandad de varones. Nos ubicamos, y creo que fue lúcido nuestro punto de partida, entre los agresores, tomando la decisión de dejar de serlo. Aunque individualmente no nos sintiéramos violentos, nos sentíamos socialmente responsables.

Poco después nos fuimos dando cuenta de que, además de hacernos cargo del lugar que ocupamos los hombres en el sistema social, de privilegio y de control - en suma, de mando -, era necesario dar otro paso  en el proceso de autoconocimiento. Así empiezan todos los enfoques que buscan iluminar un sector de la realidad social; mirando hacia el objeto de estudio y también hacia adentro, hacia el propio observador participante. Además de reconocer que no somos inocentes en estas situaciones de discriminación y de dominio injusto sobre las mujeres, nos fuimos haciendo conscientes de una serie de malestares que venían de nuestra educación en tanto varones. No solo había que leer la historia y conversar con mujeres del movimiento feminista, aprender de las construcciones teóricas, de los conceptos creados por ellas, de sus formas de funcionar en los grupos de conversación en que hablaban de política de manera novedosa, incluyendo lo personal. Teníamos también que ir haciendo camino propio en el aprendizaje de los roles que jugamos los hombres en la sociedad. Como cuando en las películas se hace un close-up, un primer plano, aprendimos que debemos mirar en nuestras pequeñas vidas, en la cotidianeidad, en el uso que hacemos de nuestros desempeños sociales, colocándonos lentes de género para vernos y sentirnos actuar en el día a día. Eso quiere decir el “sapere aude” del viejo Kant.

Todo este aprendizaje, práctico y teórico, en asados y lentejadas, sin mujeres - que pueden ser testigos que nos inhiban -, fue transcurriendo en el estilo reservado y un poco áspero de las relaciones varoniles, que ahorran palabras para hablar de lo personal, de la familia, de los amores, de los fracasos, y que utilizan mucho el humor sarcástico, la ironía que nombra en forma burlesca los rasgos que nos queremos sacudir, los mecanismos que queremos ir desterrando.

¿Qué quedará – y esto me sigue percutiendo en la cabeza – de los hombres, una vez que abandonemos el estilo bruto y distanciado afectivamente, con el que nos relacionamos? ¿Perderemos la virilidad si nos volvemos sensibles y cercanos, si hablamos de nuestras emociones, si nos animamos a señalar las insuficiencias o los resentimientos que tenemos con nuestros padres varones? ¿Se nos abollarán las relaciones de pareja si dejamos de ponernos en el lugar de control de la ropa que ella se pone o del dinero que gasta?

Apostamos a que no. Ser hombres justos; dejar que ellas tomen sus propias decisiones; compartir las tareas domésticas y los cuidados; jugar con los chiquilines y conocerlos tan íntimamente como una madre lo hace; abordar los conflictos a través del diálogo y no de la prepotencia; todo eso no nos hará menos varoniles sino mejores seres humanos.

Para todo esto, debemos basarnos sí, en la historia del torrencial movimiento de las mujeres, pero, sin duda, aprender por nosotros mismos sobre nuestra realidad como varones, las dificultades que atravesamos como género. Solo por enumerar algunas: la solución a través de golpes y violencia de los conflictos que nos cuestionan; las mentiras que decimos durante años, al sentir que está en juego nuestra reputación, en torno a nuestra iniciación sexual -algunos de esos engaños pueden acompañarnos toda la vida; las competencias sobre quién la tiene más grande, tanto en lo literalmente físico como en lo simbólico; el cumplimiento forzado de los dictados sociales, tanto en lo económico como en la sexualidad, etc. Todas esas situaciones que atravesamos los varones están allí para ser descubiertas y examinadas desde más cerca. Descubriremos lo que nos hacen doler, lo que nos obligan a simular y a tapar, a silenciar. Porque nuestro silencio es un buen mecanismo de defensa contra lo que nos avergüenza.

En ese estado de aprendizaje estamos. Ojalá nos acompañen más y más varones en ese viaje.

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