Por Alberto Curiel
Octubre, 2024.
TEXTO:
Suena un tanto macabro. Y difícil de asimilar. La gran mayoría de nosotros se ubica dentro de los mansos, bienaventurados - según los escritos sagrados -, porque nuestro “será el reino de los cielos”.
Sin embargo, una mirada menos ingenua, que no tenga en cuenta solo las apariencias, que penetre con más agudeza la realidad y tenga en cuenta las adquisiciones aportadas por la perspectiva de género, hace evidente que en la convivencia, los hombres manejamos los hilos del poder en las relaciones familiares, de pareja, íntimas. Ya que ese poder no se reparte en forma equilibrada, hay beneficiados y dañados por su ejercicio. El poder no se tiene, decía Michel Foucault; se ejerce; y por tanto puede circular, pero los varones manejamos el volante, todavía, en casi todos los ámbitos sociales. Se expresa menos en la fuerza bruta que antes, porque ha habido un trabajo social por parte de los movimientos de mujeres; porque la academia, el mundo del arte, del cine, de la literatura, han ido integrando otras visiones más igualitarias; han hecho y lo siguen haciendo, su trabajo crítico. Pero en todas las áreas de la sociedad se manifiestan los cordones invisibles que siguen sujetando a las mujeres, en especial en la vida privada, y que operan también en lo público, en los espacios políticos, en la dirección de empresas y gremios, de sectores de derechas y de izquierdas, aunque figuren aspiraciones más democráticas en sus reglas de funcionamiento.
Ya el terapeuta Luis Bonino aportó a mediados de los 90s su trabajo sobre los micromachismos, como comportamientos de violencia invisible en el seno de la pareja. Esas conductas que “transpiramos” sin intención, incluso los “mansos”, incluyen formas diferentes de disciplinamiento hacia las mujeres, de control, de limitaciones impuestas a la vida de nuestras parejas o de quienes lo fueron, y configuran violencia, porque devalúan a las mujeres, les quitan la libertad de decisión, nos mantienen en una posición superior.
Es bueno destacar que ese conjunto de pautas y reglas que imponen los varones en lo doméstico, se articulan como una trama que sujeta a las mujeres. Se trata, no de unas actitudes puntuales sino de todo un dispositivo que inferioriza y debilita a la otra.
Sin embargo, debemos cambiar de observatorio conceptual. Si hacemos como Copérnico, que descubrió que la Tierra no era el centro del universo y pudo mirarse a sí mismo desde fuera, vamos a encontrar que a los hombres, esa ubicación dentro del sistema también nos perjudica, y que debemos sacudirnos o ir erosionando poco a poco ese “pasajero oscuro” que vulnera la libertad y el desarrollo autónomo de las mujeres que caminan con nosotros en la vida.
La revolución copernicana consistió en pensar al mundo como sistema y a nuestro planeta como uno de tantos que tienen su propio movimiento. Si nos pensamos en esa clave descentrada, alejando la mirada, veremos que formamos parte de una estructura a la que podemos llamar patriarcal; al mismo tiempo nos beneficiamos de ella, porque tenemos los lugares dominantes, y ella nos abruma, porque cargamos con tareas y funciones que nos quitan humanidad, con mandatos sociales que nos dejan solos, que nos brutalizan, que nos hacen menos humanos. Pensemos en el ejercicio de la paternidad, en la torpeza en el manejo de los afectos, en el deber constante de proteger y sostener a los y las demás, en el imperativo de ser siempre valientes y rendir sexualmente, en el silencio de los varones, en los suicidios y accidentes de tránsito que protagonizamos ante todo los hombres, en los homicidios, los ocupantes de las cárceles, etc.
El control coercitivo, que intentamos describir en la píldora nueve, la anterior, nos asegura el mando, ¡pero a qué precio! Pensar en un universo de hombres justos, de igualdad de géneros, en que los hombres dejáramos de divinizar la racionalidad pura y pudiéramos compartir con amigos o amigas nuestros fracasos, nuestros tropiezos, sin sentirnos menoscabados en la virilidad por eso, es imaginar algo que debería dejar de ser un ideal y volverse programa de acción. Ventilar estos temas, dialogar con otros varones sobre nuestro lugar social, sobre el modelo en que estamos inmersos, sobre la educación que nos dan nuestros padres y maestros, sobre la forma en que solemos resolver nuestros conflictos, sobre los prejuicios de género en la ideología de los jueces y las figuras de referencia, es hacer algo que no puede esperar más. Cuando en Varones por la Igualdad tenemos algunas preciosas oportunidades de charlar con la gente, donde surgen verdades descarnadas, donde tenemos acceso a ese “pasajero oscuro”, donde las palabras dejan de ser vacías y se muestran plenas de realidad interior, sentimos que estamos produciendo cambios, cambios comunitarios, cambios en nosotros mismos, que nos pensamos como “machistas en reforma”, y en los y las demás, portadores todavía de esa red de violencias que aprisiona a la mujer pero que también deshumaniza al hombre.