Por Alberto Curiel,
Agosto, 2024.
PÍLDORA DOS. “ALGO FALTA AHÍ ADENTRO”. LA PATERNIDAD COMO PRESENCIA DE UNA AUSENCIA.
RESUMEN.
Ante la consigna de visualizar un recuerdo infantil, en un taller de varones, la enorme mayoría tuvo evocaciones placenteras, en plazas de juegos, en el jardín de su casa, recibiendo algún regalo deseado. Sus madres muchas veces presentes, pero sus padres en otro lugar, trabajando, ausentes.
Los hombres son apreciados por lo que hacen, no por lo que son. Es su profesión u oficio el que les da identidad. Somos torpes a la hora de expresar emociones positivas, de acercamiento. Muchas mujeres han fantaseado con la muerte de sus padres, esposos o hermanos, para poder empezar a vivir.
Superar esa negación, esa fantasía destructiva, y reconocer que hay que alentar a los varones por el camino del cambio y de la apertura a la expresión del cariño y del amor a sus mujeres, esposas, hijos e hijas, es un camino constructivo que hará más plenas las relaciones y nos conectará más con la vida.
He escuchado decir sobre mi tío Isaac, un sujeto muy ceñudo y severo, cuando ya tenía más de 80 años, que estaba “reblandecido”. Una palabra despectiva para decir que se había vuelto menos tenso y más cariñoso con la edad, más cercano a sus nietos y a mí, ya un hombre joven; había dejado de provocar miedo en mujeres y varones que le rodeaban, con su clásica cara de pocos amigos y su mirada admonitoria. Empecé en esa época a llevarme bien con él, a animarme a hacerle preguntas sobre su familia, sobre su infancia en tierras árabes. Mi tío Isaac nació en los alrededores de Damasco, en Siria.
En ocasión de una mudanza mía, le pregunté si había cambiado de casa en su infancia y me contestó que con su padre, posiblemente más de cien veces. “Mi viejo colocaba los bultos arriba de un par de camellos, ponía a sus hijos y a mi madre en un carro y salíamos a buscar otro lugar”. Tuve la valentía de decirle que eso no era mudarse, que se llamaba nomadismo, y después de una mirada muy seria, comenzó a reírse.
En estos días, debido a una actividad grupal en la que participé, donde la acción del tallerista nos llevó a la visualización de un recuerdo infantil, me encontré trayendo imágenes muy tempranas, en una placita con juegos en el barrio de Punta Carretas, subiendo a la jaula de los monos, cuidado por la mirada de mi madre, pero también alentado por ella a seguir subiendo. “¿Qué hacía el padre de ustedes en ese momento?”, preguntó el docente. El viejo no estaba, se encontraba trabajando lejos de allí, en la tienda, su mundo habitual.
Las experiencias que se volcaron en este taller de varones, casi sin excepción, lamentaron haber tenido o tener aún, padres que “orbitaban alrededor de la casa” resolviendo cosas, necesidades, trabajando mucho para la familia, pero sin “aterrizar” en el mundo cercano de los chiquilines, con cariño, abrazos, juegos, verdadera atención emocional. Siempre como proveedores pero con el gran vacío afectivo del que no sabe conducirse en la intimidad.
En un libro que leo en estos días, “El deseo de cambiar”, la escritora Bell Hooks, una afroamericana que nos dejó en 2021, habla mucho de este anhelo de los hombres de saber amar. Son maestros de la ira, se enojan, amenazan, despliegan formas de violencia muy diversas, que ocultan tristeza, frustración, miedos, pero no saben, no sabemos, nombrar otras emociones y dejarlas fluir.
Dice Hooks, defendiendo la necesidad de alentar el cambio en los varones: “… la vida me ha demostrado que cada vez que un solo hombre se ha atrevido a transgredir las fronteras patriarcales para amar, las vidas de mujeres, hombres y criaturas han cambiado y han mejorado claramente.”
Muchas feministas han preferido, y es entendible esta opción, dedicarse a romper lazos con los hombres de sus vidas; incluso han fantaseado con su desaparición, para poder empezar ellas a vivir. Pero en la medida en que hay que coexistir en una sociedad diversa, todo impulso a una apertura emocional de los varones debería ser estimulado, porque erosiona el camino del dominio y el poder, que es hasta ahora la vía natural por la que se construyen los “verdaderos” hombres. Cuando los varones igualitarios señalamos nuestra “carga”, la de tener que cumplir con mandatos sociales que nos alejan del disfrute de nuestras parejas, de nuestros hijos, normas que son muy difíciles de satisfacer, además de situarnos en una perpetua competencia con otros varones, algunas mujeres creen que solo queremos mantener el protagonismo, siendo como somos, en realidad, los privilegiados del sistema patriarcal. Creo que solo la alianza de todos y todas permitirá ir construyendo una existencia más conectada con la vida, con los hijos, con las personas que más queremos.
«Falta algo ahí dentro», fue una autodescripción que escuchó Bell Hooks de muchos hombres mientras recorría los Estados Unidos, hablando sobre el amor.(p.31)“En la cultura patriarcal, a los hombres no se les permite simplemente ser quienes son y disfrutar de su identidad única. Su valor siempre está determinado por lo que hacen. En una cultura antipatriarcal los hombres no tienen que demostrar su valor y su valía. Saben desde el nacimiento que el simple hecho de existir les da valor, el derecho a ser apreciados y queridos.” (p.29).