Píldora nueve. Control coercitivo o "en el principio, fue la palabra"

Por Alberto Curiel
Octubre, 2024.

TEXTO:

1.        Un hombre emite un chistido en una numerosa reunión familiar en que su esposa ha tomado la palabra para contar una anécdota graciosa sobre una vecina. La mujer se calla inmediatamente y él continúa haciendo el relato. Los familiares casi no dan relevancia al gesto del marido.

2.        La madre de un compañero de escuela de mi hijo - hace años -, me confía que hace meses que no sale sola de su casa, ya que su marido hace él mismo todas las compras para evitarle cualquiera de los riesgos que hay en la ciudad. “¿Para qué salir si tenés una casa preciosa y no te falta nada?” La última vez que se aventuró al centro, se puso a llorar desconsoladamente, sintiéndose perdida, desamparada y confundida ante los sonidos de los coches y la gente transitando por 18 de Julio.

3.        Una profesora de secundaria, en la sesión con su psicólogo, relata que su marido deja de hablarle durante días enteros, incluso en presencia de amigos de ambos, esquivando su mirada o burlándose al compartir con otros, alguna anécdota que deja mal parada a su mujer.

Si estas conductas de quien pega el chistido, confina a su mujer o le niega la palabra, configuran un patrón de comportamiento que monitorea a la pareja o ex-pareja, ejerce un dominio sobre ella, la disminuye o le genera temor, estamos ante lo que se llama control coercitivo.

La autora Liz Kelly, en su libro “Sobreviviendo a la violencia sexual”, de 1988, afirma que esas violencias configuran un sistema, una especie de continuo, que abarca la violencia física pero también una red o un tejido de otros tipos de violencias, que pueden ir desde la burla, la inferiorización, la ironía que desvaloriza a la mujer, el control de sus gastos, de su aspecto o vestimenta, etc. Al asociar todos estos tipos de violencias, se puede afirmar que todas surgen de una relación asimétrica de poder, que se perpetúa sin necesidad, la mayoría de las veces, de recurrir a golpes o dejar moretones en la piel.

El control coercitivo apunta a hacer que una pareja o ex-pareja sea dependiente y subordinada, restringiendo su libertad o directamente privándola de su LIBERTAD de desear, pensar, opinar, decidir y /o actuar, limitando así su desarrollo personal. Y esta persuasión sistemática, ejercida como poder, una vez detectada en relaciones familiares o domésticas, configura delito en algunos países como el Reino Unido, desde 2015. Para traspasar el límite y convertirse en ilegal, el control coercitivo debe hacer temer a alguien que se utilizará la violencia en su contra al menos en dos ocasiones; o causarle una alarma o angustia grave que tenga un efecto adverso sustancial en sus actividades cotidianas habituales.

En una ronda de conversación entre gente preocupada por el tema, se hace notar que hay construcciones conceptuales como ésta que demoran años en integrarse tanto en la academia como en los movimientos sociales. Detenerse sobre la idea y apropiársela es un importante paso adelante en la comprensión del sufrimiento de muchas  víctimas y en la vulneración de sus derechos. Este ejercicio del poder sobre una persona, atenta contra su libertad, contra su capacidad de decidir sobre su vida, sus amistades, su forma de vestirse, y contribuye a su aislamiento, su pérdida de dignidad como persona, encerrándola progresivamente en una jaula de barrotes invisibles; a menos que se haga conciencia sobre la existencia de este artefacto hecho de reglas y prohibiciones; a menos que nos saquemos la venda de los ojos y miremos de frente la gravedad del problema y el sufrimiento que produce.

Una psicóloga especializada en mujeres víctimas de violencia, se queja al darse cuenta que durante años se le han escapado las señales, los síntomas de esa violencia, en el discurso de algunas pacientes. Una joven abogada admite que el carácter inasible y no tipificado como delito de algunos de estos comportamientos, hace muy difícil que sean esgrimidos como argumentos contra alguien en una denuncia policial o judicial. Lo más probable es que se les quite trascendencia (“Vuelva a su casa, señora, y trate de arreglar las cosas con su pareja”).

Hay que hilar fino, porque la sutileza del cerco que va encerrando a las víctimas, lo hace muchas veces imperceptible.

Hay una polémica entre estadísticos que dura ya casi 50 años, buscando cuantificar los montos de violencia en la vida íntima. Murray Straus y sus investigadores, desde 1975, han afirmado a través de encuestas, que hay entre hombres y mujeres una simetría de la violencia de género. Michael Johnson, desde 1995 ha confrontado con esta posición, afirmando que son los varones casi siempre los agentes de la violencia. Y a pesar de que ambos están de acuerdo en que son los hombres los que generan más daño (depresiones, dificultades en el trabajo, hospitalización, toma de medicamentos) el primero dice que los actos violentos son igualmente protagonizados por ambos sexos, mientras el segundo sostiene que las víctimas son casi siempre mujeres y los hombres son los perpetradores en una mayoría abrumadora de casos.

Lo interesante, y decisivo para el debate, es que ambos manejan ideas diferentes de violencia, con Straus categorizando episodios de violencia física, golpes, maltrato corporal, mientras Johnson no se limita a las situaciones de conflicto, esas que tienen una salida posible. Es importante esta distinción, porque si las preguntas se formulan sobre desacuerdos y reacciones: “¿Usted gritó?¿Usted lo/la golpeó?” no se detectan los días de silencio, los desprecios, las exigencias en el vestido o en el control de las redes sociales de la otra persona. Se comparan violencias diferentes.

Como sucede siempre con lo desconocido que va dejando de serlo, nos invade una cierta perplejidad. ¿Cómo acusar a alguien porque es malhumorado o se niega a intercambiar con su pareja sobre los problemas? ¿Qué clase de responsabilidad penal puede haber en un chistido o una interrupción? ¿Por qué llevar a lo público o pretender sancionar penalmente a alguien que anota sistemáticamente los gastos de la otra persona y le impone criterios en el uso del dinero? Comprender que hay allí una trama que aprisiona al otro; dramatizar el asunto en lugar de quitarle importancia, es esencial. Porque está en juego lo que decía ya Stark en 2009: “Hace falta tener un concepto afirmativo de la libertad para comprender las violaciones de derechos humanos infligida por el control coercitivo “

En el conversatorio que mencioné se observaba que hay que cambiar el punto de vista: poner el foco en el comportamiento de relación de los hombres y no solo en el de las víctimas. Un sociólogo que trabaja hace años con hombres acusados de acoso, enviados por el poder judicial, contaba la sorpresa de uno de los entrevistados al escuchar que tal o cual actitud suya era violenta. Hacer entender a los controladores que esos pequeños actos y esas sutiles reglas forman parte de una malla de violencia, también es tarea de nuestro colectivo de Varones por la Igualdad.

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