Nada del varón nos es ajeno

Por Alberto Curiel,
Agosto, 2024.

Introducción a "Nada del varón nos es ajeno".

RESUMEN:

Siempre hay flores en el mal y zorzales que cantan en la noche, anunciando el amanecer. Cada desgracia trae alguna bendición y cada triunfo puede arrojar algunas sombras. Descubramos esta columna llamada “Nada del varón nos es ajeno” en distintas píldoras, noticias y movimientos de la sociedad, eso que traen de nuevo y positivo y lo que puede haber en ellos, también, de retroceso.

TEXTO:

Cuando el viejo Terencio,  comediante del antiguo Imperio Romano, decía que “nada de lo humano me es ajeno”, hablaba de los temas que podía tomar para sus comedias; se ubicaba además como un ser universal, interesado en el mundo y todas sus vertientes, y también como alguien hecho de flaquezas, tentaciones y virtudes, ángeles y demonios. Ahora bien, si cambiamos “humano” por “varón”, queremos limitar la frase a nuestro género, el del hombre a secas, que viene cargado con todo su bagaje de heroísmo y de mezquindad, de tesón y de violencia, de valores creativos y destructivos.

Obviamente, diremos que nuestro esfuerzo será contra “el mal” y que empujaremos hacia “el bien”, pero sabiendo que, como titulaba Baudelaire en uno de sus libros más conocidos, existen “Las flores del mal.” Cuando el poeta francés del siglo XIX se refería al mal, lo oponía a la belleza, y definía el mal como el “spleen”, la monotonía, el aburrimiento, el no-cambio, todo lo que es costumbre irreflexiva, tradición que se cumple automáticamente. Quizás habría que traducir spleen como bajón. Y pensaba que de esa quietud individual y social que tiene mucho de muerte, de letargo, está hecha también la tierra fértil para el cambio, para lo nuevo, para lo bello. Para llegar a la belleza hay que superar el mal.

Antes solíamos llamar a esto un movimiento dialéctico. “Flores del mal” es una especie de oxímoron, un contrasentido. Como cuando decimos “un ilustre desconocido” o “un silencio elocuente”. Pero esas contradicciones no son expresiones absurdas o imposibles; agregan sentido, y ese sentido está en la lucha interior que damos los varones con algún grado de conciencia de nuestro lugar de poder, para corrernos de ese sitio privilegiado y deslizarnos hacia la posición de hombres más justos, menos violentos, cuestionadores del machismo. De alguna manera, hay que humanizarse, tener una relación más igualitaria entre varones, con las mujeres y con todo el resto de la sociedad.

Por todo eso, buscaré temas para una columna, con la mirada abierta a lo que nos bloquea y lo que nos hace avanzar, al impulso y a su freno, con “una pupila arriba y otra en el andar”, al decir de Silvio Rodríguez en su “Fábula de los tres hermanos”. En cada episodio intentaremos ver lo que detiene y lo que acelera la marcha.

PÍLDORA UNO: LAS TRADWIVES O ESPOSAS TRADICIONALES.

RESUMEN.

Las traditional wives o esposas tradicionales son un movimiento, en su semilla, que propone un ideal de vuelta al entorno doméstico y ubica a las mujeres contra el movimiento feminista.

No todas podrían hacerlo, salvo mujeres de clases acomodadas: movimiento de una élite entonces. Se aparean con los movimientos de hombres que se sienten amenazados por los derechos crecientes de las mujeres. Este giro se explica como reacción a esas luchas pero también puede captar el cansancio de las mujeres comunes, agotadas de la doble jornada en la producción y en sus casas. Ellas ya saben, en forma multitudinaria,  que es su lucha por compartir las tareas del hogar y la familia la que va a ir resolviendo esa existencia abrumadora. Y nosotros, varones igualitarios, las acompañamos en nuestro combate contra ese hombre con poder pero que no disfruta de su paternidad, vive  en el aislamiento del que es más temido que querido, y recurre a la solución violenta de los conflictos.

TEXTO

Nos llega la noticia de un par de mujeres conocidas en el mundo de las redes, una española y otra norteamericana, que buscan, cada una a su modo, volver a la idea de que las mujeres deben ser “el ángel de la casa”. Para ello, si lo tienen, deben abandonar sus trabajos actuales, y dedicarse a la crianza de los hijos, a agasajar a su esposo o novio con ricas comidas, a preparar el escenario doméstico para cuando, fatigado, su hombre vuelva a casa a descansar. RoRo se llama la española, con casi 2 millones de seguidores, y se ha hecho tendencia en las redes (la que aparece con lentes en la foto de abajo).

Impacta este tipo de noticia en mujeres del ámbito público que recomiendan la sumisión, el cumplimiento de los deseos que dicta su pareja, que se visten como muñecas para agradar a marido e hijos, que han dejado en ciertos casos la universidad para llevar adelante este tipo de existencias. Parece una vuelta, con pequeños matices, a mediados del siglo pasado, en que muchas mujeres enfocaban su mirada hacia ese “ejército de delantales” que esperaba al otro, al que volvía de la tragedia de la guerra mundial. En esta nueva vuelta al ideal de ama de casa modelo, todo hace pensar en una reacción al movimiento #MeToo y a la influencia de la pandemia de 2020.

Es notorio que en muchas mujeres hay una fatiga y una necesidad de gritar “¡hasta aquí llegué!” y que querrían volver a sus casas, con el tiempo necesario para disfrutar de sus hijos y de su pareja. Es que están agotadas de cumplir ambas funciones, la de las tareas productivas en el mundo del trabajo retribuido y el de las tareas domésticas en el espacio privado. Algunas que conozco, funcionarias o trabajadoras, me lo han confirmado charlando de este tema: “”¡Con qué gusto me volvería yo a casa para no tener que seguir con este trabajo de porquería en que me pagan poco y me maltratan!” Pero es que esas mujeres tienen que cumplir la doble jornada, y si sus parejas aceptaran la división justa de tareas, no sentirían lo mismo. Por otra parte, solamente mujeres de clase media y alta pueden permitirse ese camino de vuelta a la casa. Obreras, funcionarias, cuyos maridos no pueden mantener por sí solos el hogar, están impedidas de hacerlo.

Se trata entonces, de una reivindicación clasista, contra la corriente de liberación que han traído los feminismos, y que además, compagina muy bien con los deseos sexistas y las reivindicaciones de esos movimientos de varones que se sienten avasallados en sus derechos por las mujeres organizadas, al estilo de los “Varones Unidos”. “Volver al redil”, a la estrechez de la cocina, a los pañales y las túnicas, a ser la figura decorativa de la casa, a perder la capacidad de tomar las propias decisiones, a posicionarse como el sexo dependiente, no puede traer nada bueno para las grandes masas de mujeres. Ubicar a los varones en su puesto de manutención económica y de propietarios de hermosos robots sin opinión propia, es un franco retroceso también, para el movimiento en ciernes de los varones igualitarios.

¿Cuál sería, entonces, la flor de este mal provocado por los y las anti-derechos de mujeres y minorías? La que nosotros debemos plantar y regar: que se reconozca que la abrumadora tarea doble de las grandes masas de mujeres debe terminar. Si se comparte el presupuesto, se debe compartir la cocina, el lavado de la ropa, la crianza y cuidado de los niños y los viejos. Esa es la senda de las flores; la otra es la del pasado y el estancamiento, la de varones poderosos pero obligados a cumplir en todo el aprovisionamiento, y la de mujeres-Barbie encerradas otra vez en sus catafalcos familiares, sin libertades ni desarrollo personal.

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